Las Otras Resurrecciones que Lazaro Recordaba

Tuesday, February 07, 2006

Las otras resurrecciones que Lázaro recordaba

La Advertencia

-Lo haz hecho muy bien hasta aquí -dijo el Maestro- Ahora debes irte.

-Gracias –contestó el discípulo, e inclinándose hizo el intento de salir.

-Una cosa más –lo interrumpió el Maestro- tal vez la única importante: Jamás utilices el poder que te otorgue tu realización para satisfacer las pasiones egoístas que aún conserves. Recuerda que hasta la última deuda kármica te será cobrada.

El discípulo sonrió. ¡Era tan insistente sobre eso! Se inclinó de nuevo e hizo por salir. La voz del Maestro lo detuvo otra vez.

-Porque no se toca a Dios...

-...con las manos sucias. Lo sé, Maestro, lo dices todo el tiempo.

-Casi todos los días. Ve con Dios.

El discípulo se inclinó y salió del edificio. En la calle lanzó una última mirada hacia el sexto piso. Sonrió. ¡Bendiciones por siempre para ti, Maestro! ¡Por siempre! –dijo en un susurro, y se adentró en la ciudad.

Años después, mientras observaba los dedos de sus pies convertidos en piedra recordó la escena.

-¡No me dijiste lo que ocurriría si faltaba a tu advertencia, Maestro! ¡Nunca lo dijiste! -murmuró con los ojos enrojecidos por las lágrimas. La sensación de haber sido puesto en evidencia ante una multitud de seres invisibles era espantosa.

-Por supuesto que lo hice. Lo viste. Te llevé con ellos. ¡Los viste! -escuchó nítida la voz en su cabeza.

La imagen de un viaje al desierto 15 años atrás se presentó a su memoria. El Maestro se había detenido antes de ingresar a pie al amplio valle para mostrarles, el rostro terriblemente serio, varias formaciones rocosas. Recordó los comentarios asombrados de sus condiscípulos:

-Parecen personas aprisionadas en las piedras –dijo alguien.

-O que se convirtieron en piedra. –dijo otro.

-¿Qué pecado habrán cometido? –interrogó alguien sin esperar respuesta.

-Tal vez sean sólo esculturas realizadas por el viento -dijo alguna más allá.

-Miren éste, parece una escultura de Rodin a medio terminar –agregó alguien más.

Sólo él no había comentado nada. Ni el Maestro. Había hecho un gesto casi imperceptible y, como si quisiera decir con su silencio lo que algún pacto milenario le obligaba a callar, había ingresado al valle.

Ahora era él quien se estaba convirtiendo en piedra.



Marcos, el no-elegido

Nervioso, tenso, servil. El pelo crespo, ralo de tanto pensar y torturar. Los anteojitos de lujo. El cuerpo delgado, pulcro. Las uñas bien lavadas para evitar los molestos espíritus de la mugre. Huele a aceite y harina, al ajo de las purificaciones y a la cebolla de sus prácticas secretas. Se piensa, en principio, una criatura perfecta.

Busca quedar a descubierto como hombre santo y estudioso: un escogido de los 144.000 señalados por Dios. Detrás de esta vanidad teológica esconde, sin embargo, una inseguridad enfermiza que no respeta el sueño y le atormenta con gatos maulladores a deshora sobre el techo de sus meditaciones.

Dice conocer la magia sexual. En conversaciones más íntimas proclama el no derramar, el provocar y estimular y jugar horas enteras sin el gozo de la explosión, de la cima, de esa coronación del amor que se complace en la generosa abundancia de sus semillas. El sexo es una escalera para la ascensión divina, afirma, una estrecha puerta para llegar a ser dioses, por tanto secreta, cuyo ritual debe enseñarse sólo después de grandes merecimientos.

Siente predilección por las mujeres fuertes y por las esposas de hombres importantes. Día a día aumenta su colección de aspirantes que no se saben tales, novicias incógnitas que no termina de seducir, víctima de su inconfesada conciencia de fealdad.

Dice admirar a los masones, si bien nunca se atrevió a pedir la afiliación. Explica no pertenecer a la prestigiosa Orden con largas peroratas en las que abundan términos filosóficos, teosóficos, cosmológicos, indescifrables para los oídos vírgenes de sus compañeros de oficina, para quienes lo único vagamente claro es que se excusa, se excusa, se excusa.

Entre sus amores recientes, horas de pensarla, una mujer lo atiende, le conversa, comparte sus libros. Poco a poco, a su entender, la ha ido iniciando, la prepara, pule sus inquietudes. Algún día, sueña, cruzarán juntos el angosto umbral del Templo: él adelante, ella humilde, sobrecogida, atrás.

N N N N N

Los primeros días fueron un éxito. Ella obedeció fielmente sus instrucciones. La tuvo y conservó a su Dios: he aquí la relación perfecta, se dijo. Pero pronto aparecieron el nerviosismo, la irritabilidad, los pequeños disgustos, y aquella esperanza insatisfecha, no confesada, de un “quizá la próxima vez” siempre pospuesto.

Muy pronto Beatriz abandonó sus recién adquiridos propósitos de continencia y aquella hembridad desaforada arrastró consigo su castidad de años. Contradichos sus códigos, los deberes que se había impuesto, sintió que la aborrecía. El misterio de la mujer, de la Eva seductora, Salomé de los mártires, apareció a sus ojos claro y personalizado. El hombre es un peregrino empujado a las llamas del infierno por la mujer, se dijo.

Decidió exponerle más claramente sus tesis religiosas sobre el asunto. Pero descubrió que la mujer es un animal caprichoso: se propuso, tentación muy femenina, poder más que sus ideas. Empezó negándose a sus llamadas, primero por reír, por verlo desesperado y arrastrada por el suelo su proclamada superioridad iniciática; después porque había empezado a cansarse y a pensar en sustitutos más primarios, menos complicados y ceremoniosos. Los intentos de contención la habían llenado de resentimientos.

Marcos se dijo que todo era un juego de fuerzas entre el bien y el mal, una especie de combate medieval por su ánima. Estudió hechizos, hizo filtros que Beatriz nunca bebió, clamó invocaciones encerrado en círculos mágicos, fabricó su vara, su pántaclo, trabajó varios días lunares en un talismán venusino, escogiendo cuidadosamente, dentro de la brevedad del tiempo que urgía, fechas y horas.

Beatriz se encerró también horrorizada por las apariciones de gatos muertos bajo su ventana. No pensó, porque su mente era fría, concreta, que aquellos gatos muertos fuesen una respuesta de las cosas a su infidelidad. Se los mostró al marido. El hermano masón pensó en magia negra, pero los signos mal orientados aunque evidenciaban ciertos conocimientos no le asustaron. Ajeno a la malicia había soportado a Marcos como amigo de la casa, las largas charlas, el intercambio de textos, más que con él con ella, porque supuso que el estudio de los temas en que iniciaba a su mujer redundaría a la larga en beneficio para ambos. Sus salidas semanales eran fuente continua de discordia, y el secreto masónico le impedía revelar la naturaleza de la agrupación que tan fielmente frecuentaba. Con claro sentido positivo se dijo que rondaba la casa alguien enfermo y avisó a la policía.

N N N N N

Ya las cosas en manos del marido se sintió más aliviada. Bajó de su encierro en el segundo piso. Atendió la puerta, conversó con cuantos pudo atenta a cualquier indicio, balanceando los riesgos. Suprimió las visitas de Marcos. No dejó en el jardín más mensajes cifrados. Puso pretextos para no invitarlo a comer. A las “tenidas” del marido contrapuso su ingreso a la Asociación de Esposas de Hermanos Masones, recién abierta, que rompía con la vieja tradición excesivamente machista.

Le pidió una cita más. Se aprovisionó de filtros, talismanes, textos a recitar, mandalas, mantras susurrados, ungüentos pegajosos. Si con aquella sesión definitiva, en la que ella podría comprobar la jerarquía oculta de su posición en el mundo (“iniciado en misión secreta que pasa por empleado de segunda para vencer el pecado de la soberbia”, según se calificaba a sí mismo), si viéndolo ya iluminada después de beber el cáliz de sus artes exquisitas con las que según el libro le abriría los ojos del cuerpo místico, si viéndolo así, en toda su luz, no lo aceptaba, se dijo, los ojos irascibles, si no lo aceptaba, la entregaría a los poderes invisibles como una ofrenda. Alguien tendría que pagar por su amor excesivo.

“Nada debe importarte, amor, querida. El iniciado está por encima del bien y del mal. El es dueño. El es libre...”, pensaba calle abajo, a paso rápido, las manos en los bolsillos, la lluvia leve flotando a bocanadas de neblina.

N N N N N

La niebla cargada le hizo bien, desovó huevecillos plateados en las alarmas de su pelo y goterones llorados sobre sus lentes. También hizo de agua propiciatoria para lavar sus pecados, los malos pensares, y aplacar aquella hambre de ella llevada a los extremos.

Buscó la gradiente. La hiedra formaba un colchón muelle. Saltó con sigilo. El jardín, difuso, lucía su mejor encanto. Húmeda, plena de lluvia, el esfumato de la bruma sostenía sobre la hierba una techumbre plateada, granulada. Los arbustos de hoja gruesa escurrían afilados y lentos. Contempló el espectáculo. El angelito apuntaba su arco hacia fuera, significando, según las claves que habían inventado, que el hermano masón estaba en casa. De un tiempo a esta parte apuntaba siempre hacia fuera. No se inmutó. El marido, vasto y llano, faltando a la discreción en el entendido de que él, Marcos, sabía de cuestiones esotéricas, le había confiado temprano en la oficina que esa noche promoverían a uno de sus discípulos. Así que no estaría en casa.

Las luces encendidas sólo a los costados indicaban que Beatriz y la criada estaban ya cada una en su cuarto. Ladeó por el dormitorio de la criada. El perro le atacó sorpresivamente y estuvo a punto de empezar un escándalo. Pero reconoció su olor y más bien a disgusto se alejó refunfuñando. La puerta cuadriculada del estudio estaba abierta. Suerte, porque no quería arriesgarse a llamar y que Beatriz lo dejara por fuera. Entró, atento a los ruidos de la casa. Giró la perilla. Estaba con llave. Pensó en un nuevo amante.

-¿Quién es?

-Yo... Marcos.

Pero, ¿quién había dejado entrar al idiota? ¿Es que no entendía? Abrió de prisa, no fueran a verlo.

Volteó a ver la cama. Nadie.

-¿Con quién estabas?

-Con nadie, con quién iba a estar. ¿Qué está haciendo aquí?

¿Por qué sería que el “usted” de ella le producía desamparo?

-Venía a hacer el amor...

-¿Sos idiota vos?

-No grités, Beatricita, no grités... No me voy a ir, entiende, no me voy a ir.

La tomó por los hombros, a medias firme, a medias disminuido por el rechazo. Ella se quitó, molesta, temiendo la posibilidad de decir que sí. Marcos siguió hablando, los ojos pequeños, llorados, mocosos, fijos en que ella lo mirara.

-Por favor, ¿qué problema hay?

-Desde hace un mes, un mes, le dije que no quería seguir con esto.

-Te va a gustar.

-¡Pero es que no quiero! Es mi privilegio, ¿no?

-¡Perra imbécil! -la empujó.

Se contuvo. Con maltratos no conseguiría nada. Ella debía conocerlo en toda su belleza, y lo que era más importante, su posición en el mundo de las cosas invisibles.

-No te molestaré más, te lo prometo -porque estaba seguro de que a partir de hoy suplicaría que volviera.

Denso, serio, la agarró por la cintura. Arqueó unas imaginarias cejas pobladas.

-¿Es por tu marido?

-No, y además no te importa.

Huidiza se sentó en la cama. Lo interpretó como una rendición, una duda.

-¿Qué es eso? –habló para distraerlo.

-Menjurjes, como dice mamá.

Tenía que insistir. Además, no era Beatriz quien, llegado el momento, iba a decirle adiós, sino él.

Abrió el pote, se lo dio a oler. No arrugó la nariz. Le frotó ungüento en los brazos y en los pies. No protestó. Ella quiso oler de nuevo la crema verde sucio, como si el olfato pudiera indicarle el matiz exacto de aquella especie de broma en la que se dejaba caer por inercia, porque es difícil reducir a un viejo amante.

Marcos se sentó en posición meditativa, teatral, sobre la alfombra rosa, repitiendo las imágenes de sus juegos solitarios. Pensó, y con la frase vinieron otras tomadas de otros libros, que debía obligar a su mente a mostrarlo ante ella tal y como era. Aspiró el aire humedecido aún de niebla, embolsado detrás de la cortina. Días de no venir, de no llegar a estos rincones pálidos, de muertes amorosas, de entregas líquidas derramadas en el portal de un dios terrible.

Cerró los ojos, irguió la espalda. Su ser se estaba completando, agigantando. Era cosa de no dejar salir a Marcos el tímido, el apocado, el temeroso de todo. Agarrado a la fe ponerse en comunión con las emisoras celestes. De que nada que no fuera el ángel irrumpiera. ¿Qué pasaría si su mente le jugaba la broma de transformarlo en Marcos el feo? Se quitó el pensamiento de la cabeza. Corrigió postura, cara y potencia del sexo. De reojo creyó verla con la pierna cruzada, observando la marea clara de la cortina, como si acechara al descuido grandes acontecimientos. Dentro de poco, gracias a su concentración y a los ritmos respiratorios aprendidos de un swami transeúnte, sería el ángel de la victoria, el impúdico ángel del amor, un gigante dorado de espaldas sin vello, de pecho en creciente y de piernas columnares como las de un guerrero. Sus pies ya no serían ganchudos, los dedos como conversándose, como intrigando unos contra otros, de uñas bruscas malencaradas. Serían pies de ángel, de largos dedos finos y uñas recortadas, lunares y limpias.

Se sintió. Ángel de la entrega colectiva. Eso era. Ángel total, cósmico, fantástico. Ángel de la invocación de todos los amantes. ¿Quién no hace el amor transformado, convertido en amador perfecto, montado, ensillado, cabalgado por el ángel de la fantasía amorosa?

Abrió los ojos y alzó la cara para que ella lo viera. Ninguna voz le dijo “loco”, ni “vanidoso perdido plantado sobre la vaciedad de nada”. Sólo su fuerza interior le hablaba. Las voces de la minusvalía son distintas, él las conoce. Tienen tonalidades femeninas, como de bruja o de madre, y son mucho más crueles porque hunden no sobre la verdad, sino sobre las heridas. La miró sonriente, orgulloso. Corrigió, sutil, hacia mansedumbre y esperó la respuesta. Una muequilla que no pudo precisar se dibujó en ella. Temeroso de un mal trabajo corrigió los últimos detalles de su imagen perfecta.

La mujer se recostó sobre la almohada. Volvió la cabeza hacia el jardín. Su marido, la criada, nombres de amenazas lejanas. El rumor mínimo del agua en la canoa, la rama golpeando. Aquel tono gris posado en el aire, entre humo y niebla. Los últimos abejones del invierno torpes y lentos intentando la cama... Y a sus pies aquel animalillo lúgubre.

Cuando lo miró por fin, fija, aún dudando, supo que no podría. La cara resaltaba sus trazos con estrías de un rosa casi morado. Como de mucho frío. Los granitos, las viejas cicatrices, las ocultas señales de la vida que pasa, destacaban en fucsia, en más sangre. El pelo, hirsuto más que de costumbre, parecía electrizado por una polvareda de humo caliente que lo resecara. La boca enmohecida por saliva vieja obligada hacia la comisura, la lengua blanca como en desuso, y por último su olor, aquel olor a ajo y a ropa guardada muchas veces, vuelta a poner y vuelta a guardar entre otras ropas sucias, como un cintillo de sudores anudados y ácidos.

-No voy a acostarme con nadie. (Dura, mármol). No quiero que vuelva a molestarme. Por favor, que no tenga que herirlo. (Más suave, suplicando).

La frase le llegó al cerebro. Adivinó, vio venir, aguardando a las furias para lanzarse, mil palabras dispuestas a despedazarlo. Lagrimeó. De pronto toda la largura de lo oscuro encima, aquel sudor cayéndole, como de baños fríos, como rezuma de pensamientos aceitosos y de harinas rancias, como de sólo pan y agua. La boca salivosa, espesa, su aliento de venir quién sabe dónde, y aquella lentitud inacabable de vestirse haciendo enormes esfuerzos por no vomitar allí mismo, por no gritar y decirle que lo dejara quedarse, que no lo lanzara a la humillante conciencia del rechazado. Carne de gallina, espasmos interiores, cosas urgiendo por salir, bruscas, ásperas. Pálido, todo él en alarma, envarado en seco, volvió a sentirse el que era: flaco, feo, peludo, de frente angostada por la majadería de pensar.

-No quiero verlo más. Si vuelve a insistir se lo digo todo a Mauro –lo dijo sin mirar, sin pensar, la mente hiere, ella lo sabía, los ojos hieren cuando miran desaprobando.

Por un instante más quiso volver a su imagen de Maestro Alado, intentarlo otra vez. Pero la frase era clara. Se desnudó de alas del todo. Recogió el menjurje, las botas, salió. Sentado en el cordón de la acera se amarró los cordones. “Mujer estúpida, pensó, ni siquiera habría valido la pena matarla. ¡Qué hubiera hecho yo con el fantasma de una mujer así pegado en el astral..!”


El muy amado

Parecía como si ella sólo reaccionara a los castigos. Salía entonces de su ensimismamiento y reingresaba al mundo de los sucesos cotidianos. “Me pegaste”, la oía lamentarse, con su carita resentida fijada en un arrumaquito de la boca. El entonces volvía de sus rencores. A decirle frases bonitas, a escucharla planear matrimonios imposibles y hasta a seducirla con algún juego de amor. Ella era su cosa buena, su animalito, su mejor parte. Una poco común criatura de la naturaleza de apenas seis años que sabía rastrearlo en el espacio y en el tiempo. A sus doce, y siete como cazador de pájaros silvestres, él sabía que eso no era cosa fácil.

La vio venir lanzando miradas, detenida cada tres pasos, extraviada, atormentada. Tendría que golpearla, se dijo. ¿No habían hablado ayer toda la tarde bajo los árboles, los grandes, los del río? Entonces, ¿por qué hoy andaba como en celo, como celosa de todo, como irritada contra el mundo, sólo temiendo que se lo arrebataran del sitio privilegiado en que lo tenía entre sus cosas? Se sintió injustamente tratado, con ganas de acabar con aquel moscardón dorado que zumbaba continuamente sobre su cabeza. Pateó una piedra.

Lo descubrió. Caminó hacia él. Echó a andar, apurado, huidizo entre los árboles y las altas hierbas. Enfiló hacia el molino. Ella lo siguió por el sendero. Aceleró el paso entre los matorrales, furioso, dejando en las ramas de los arbustos los mechones, las crines secas. Vigilándose -él en el monte, ella en el sendero-, se para a mirar cuando él lo hace, con carita de vergüenza, las manos agarradas como de angustia, como de pregunta, como de súplica. Obsesiva, con más edad que cualquiera, vieja de mucho amor, oculta en su cabeza, acechando el aire para que nadie que sepa leerlo las escuche, muy secretas voces le dicen que él le pertenece aunque no lo comprenda.

Casi a propósito, empujado por una maldad irresistible, caminó como siguiendo la huella de alguien, cada vez más al peligro, mirando de reojo para confirmar si lo seguía. Subió al cobertizo. Caminó sobre la tabla que utilizaban para arrojar el heno a las barcazas. Se detuvo en la punta. Fijó un peligroso equilibrio. La rueda molinera golpeaba fuerte.

También ella subió a la tabla. Pero, ¿qué pretendía? Tal vez parársele debajo de los ojos, como siempre, asomarse en puntillas para buscarle detrás de aquellos escondrijos oscuros, acusadores, furias en lamentación, en rencorosa tristeza.

La angosta tabla meciéndose. Abajo el río. Quiso golpearla otra vez.

-¡Niña tonta! -le dijo, y la empujó, apartándola para pasar. Laura se tambaleó, cayó a horcajadas, se aferró, colgó unos instantes de su vestidito rosa y se precipitó al río.

La vio flotar, con pocos gestos de batalla, siempre inmóvil, callada por dentro. Se sentó sobre la tabla para no caer. Un giro del agua la volteó. Le clavó los ojos. El no desvió la mirada.

N N N N N

Temió recordar. ¿Qué pasará cuando alguna vez hablemos de esto y juzgue como desamor todo lo que pensé aquella vez o dije? Nada va a convencerla, porque detrás de este crimen habrá otro probablemente más viejo, arcaico, arquetipo de un originario crimen del que no tengo noticia, por el que me juzga y reclama, como un viejo pecado de abandono en el que sin saber formé parte. Ayer, hoy y mañana. Es como si antemano me hiciera pagar una futura ausencia o deslealtad. Con ella siempre se está en falta.

”Debo recordar”, insistió. El... iracundo, de alguna manera sucio, como toda su ropa de greñas deshilachadas. Camiseta de manta, la misma siempre, el viejo pantalón color tierra a la rodilla fijado por tirantes, los zapatones negros del domingo, duros, sin medias, y aquel ocasional sombrero de paja, extraviado la mayor parte del tiempo, para el verano. Por norma general iba con los pies desnudos, y cuando la madre lo obligaba a calzar -nunca desistió de gritarle “¡Miguel, los zapatos!”- los colgaba anudados por los cordones en un árbol o de la pretina de sus pantalones.

-Cazábamos pájaros -oyó la voz de Manolo emergiendo de una entrevista atemporal-, era violento, el jefe, el líder, nadie se atrevía a tocar lo que le pertenecía. Laura le pertenecía. La golpeaba sin motivo, a veces cuando venía con su trajecito, uno para la mañana otro para la tarde, como sólo para él, que la viera recién peinada, recién lavada. O la empujaba al pasar. Siempre lo perdonó. Le volvía la espalda, resentida o con miedo. Sólo en muy contadas ocasiones él la buscaba. Entonces era distinto. Se sentaban a la orilla del río, a la sombra de los árboles, y él desmenuzaba hojitas. Una vez le regaló una flor.

La voz de Manolo era lánguida, amodorrada, veranera.

-Una vez ella me mostró su álbum. Allí tenía la florcita, y muchos versos, y cuentos e historias tristes en las que Miguel siempre la golpeaba, en una hasta la mataba, a la orilla de un río, la tiraba al agua. Ella era un flotador boca abajo, abombado por el vestido, él después iba a llorarla sin que nadie lo viera. Y me quiso decir, pero no me lo leyó, que en las noches, ya muerta, salía del agua y se quedaban juntos hasta el amanecer.

-Laura era muy extraña...

Ahora era la voz de El Pajarito la que venía a su mente. Pajarito desapareció un día con su padre, comprador y vendedor de todo, y afilador de tijeras y cuchillos. Decía que era profesión de caminante. Y lo cumplió. Cuando lo abandonó su segunda mujer amarró sus bártulos y se lo llevó a correr mundo.

-Estaba enamorada de él. Lo seguía a todas partes. Nadie sabe lo que hablaban, pero se ponía molesto con sólo verla venir. El también era callado. A veces hablaba de cuando se fuera. Tenía un libro en una viga del techo del aserradero, subiendo. Ahí tan largo fue donde hablamos. Me dijo que Laura era su novia, pero mentiras.

-Laura sí era mi novia, a escondidas, para que nadie pudiera pensar, ni hablar, ni hacer en contra -dijo en voz alta, recordando, ahora que ninguno se oponía.

-Hablabas cosas para doler -dijo aún, de otra manera-, casi nunca te reías, siempre era conversar de lo serio, hablar de mamá y de la escuela, de libros, y de irnos de allí o de casarte conmigo. Pero nunca quise dañarte, nunca. Fácil hubiera matado a cualquiera por ti.

-¡Laaaau-ra! -era doña Luisa llamando. Corrió para allá. Paradita en la puerta antes de entrar se volvió. Entre ellos el aire no hacía distancia. Se escuchaban pensar, sin palabras, en deseos, en saberse, nada más.

Vio a Laura abrazar el olor a nido y a covacha ahumada de su madre. La supo mitad suya, mitad lejana, perdida en su obsesión de tiempo traspasado, en su pensar ausente.

N N N N N

Vio dibujarse la puerta de su casa a la izquierda del lugar en que observaba su mente. Así, en sueños, era especialmente oscura. Adentro no estaba su madre sino una mujer vestida como bruja de halloween. De vez en cuando él se volvía y Laura le hacía gestos, alentándolo a entrar. Hacía frío. Los colores del cielo eran blanco, celeste, y negra la casa donde no quería entrar.

-¡Arriba, perezoso!

Abanicaba una botella vacía contra su cara. Dos días escasos recuperándose y empezaba de nuevo. Se la tiró encima. No agregaba el dinero. Él tendría que ver por eso también. Era el hombre de la casa, ella lo dijo alguna vez.

-Por favor. Me quemo.

Se apuró a salir. Se limpió los ojos de las pestañitas resecas. Vadeó el río. Pisó fuerte. Entre líquenes y piedras contó diez olores que le gustaban. Hasta la cerca de la granja más próxima. Silbó a Gitano. Llegó a toda prisa moviendo la cola. Arrojó una rama seca para obligarlo a correr. Pasó por debajo. Ya Gitano venía. Le ganó por segundos. Era su amigo, pero no le permitía forzar la cerca. Atentaba contra su perruno sentido de la responsabilidad. Le tocó la cabeza. Tomó la rama que le traía de vuelta. En el ponedero la lanzó otra vez. Gitano seguía con el juego. Tomó tres huevos delicadamente para no inquietar a las gallinas. Salió de prisa. La arrojó una vez más y se perdió corriendo hacia el río. Lo escuchó ladrar dos veces como despedida.

Dejó la botella sobre la mesa. Pensó en limpiar algo. Había demasiado qué hacer. Bajo la cama encontró el cuaderno. Acabó de desanudar los cordones de los zapatos.

N N N N N

Lo vio llegar. Pasó a su lado sin mirarla y se llenó de rubores. Se sentó atrás, con los más grandes. Oyó el leve rumor, en unos reprobación, en otros respeto. También pesó las risitas de Las Descalzas. El rubor se le hizo fuego y se apretó las orejas. Nadie notó el gesto. Miguel era demasiado evidente, y todo se ponía a andar de puntillas para no molestarle. El maestro siguió hablando sobre la guerra civil. Miguel dibujó un soldado azul, en blanco y negro.

En el recreo Manolo le obsequió a Miguel pan con manteca. Las Descalzas lo rodearon dando saltitos. Se mantuvo de espaldas, como si Laura fuera un sol que quemara. A la salida de clases ella le envió con Manolo su torta. Se hizo el que no reconocía la procedencia del regalo. Manolo no se esforzó en mentir. Laura lo vio comer con avidez y se fue satisfecha.

... Se lanzó al río. Nadó con fuerza. El agua era mansa, aunque el ruido de catarata, de agua movida del molino, fingiera un enojo inexistente. La tomó del vestido. Le llegó su olor a bebé con alas, diluido en el agua. Se la abrazó al cuello. Volvió a percibir, así, pegados de mejillas, cuán pequeñita era para su cuerpo, en fuerza y estatura.

Entendió que era la ceremonia de cierre. Que desde ahora se pertenecían, porque ella había accedido a no morirse y porque él se había negado a dejarla morir. En el umbral de lo desconocido la había tomado y ella había querido venir. En el umbral, donde los hijos, y el amor, y las despedidas finales se conciben.

Agarrada a su cuello le pegaba la cara un rato sí y otro no, temerosa de irritarle. El la sacó flotando lento hasta la orilla. Lo miró con ojos resentidos y boquita de arrumaco. El sonrió. Le besó la frente. La peinó un poco. Le acomodó la media en el zapato. Le sacudió las briznas secas, después, cuando el sol aligeró el vestido. Al final le reajustó el lazo. Como si hubiese comprado una muñequita. No hubo más resistencia.

Esa noche soñó a Laura dentro de la casa. Que la puerta de la izquierda estaba abierta y que él caminaba apurado por las terrazas exteriores. Laura y otras voces le pedían que entrara. Temía por la bruja.

... Empujó al niño. Lo obligó a entrar. No había bruja.

-Dos meses después de que murió su madre Miguel fue a vivir con doña Luisa y con Laura -aún hablaban los ecos de la vocecita cansada de Manolo-. Cambió mucho. La ropa limpia le hacía bien, cualquiera lo notaba. Cuando Laura cumplió los diecisiete se casaron.

N N N N N

Volvió a la vigilia. En el sofá, al lado, su esposa Laura bordaba unos manteles. La envolvió con la mirada. Ella levantó los ojos. Sonrió. Confirmó que aún percibían mutuamente sus pensamientos.



Dos en una misma página


CAPITULO UNO

Los Grandes Amantes que nos presenta la Literatura, también reencarnan.

Las cosas en América no ocurren como en Europa. Aquí el paisaje tiene ojos mirones descalificadores detrás de cualquier árbol y los faunos habitantes de bosques llevan malicia, no tocan flauta, ni han sido sutilizados por siglos de literatura. Son definitivamente primarios y deformes. Por eso los amantes aquerencian sitios cercanos a la casa. Los perdidizos audaces mueren degollados y violados.

Pedro y Mariana no murieron así. La colina de sus amores estaba a pocos metros del galerón de ordeño. Tenía el encanto de ser lugar de paso de los humarascales húmedos de la neblina, un bolsón de aire de montaña. El embalse de agua para las inmediaciones les servía de mirador, espaldar y tapaviento, cuando la suave brisa habitual se encrespaba. Vista abajo el querido paisaje de cuadriculados agrícolas rompía el valle inmediato como una falda de decorados simétricos en verdes y ocres, y más allá de oscuros contrastantes, donde las luces en la noche fingían miniaturas o estrellas.

A veces el frío cuajaba la neblina y entonces, allí abrazados, revivían aquella sensación de haberse leído en algún libro. Memoria de amantes de papel, pensaban, que merecían ahora morar entre los vivos, porque los personajes de la literatura también reencarnan, fieles a su cita, de generación en generación, de libro en libro.

(El Universo en todos los casos es mental, dice el animal religioso. Lo que es, y su percepción, son lo mismo, afirman los filósofos).

La abrazó por el frío. Abajo la ciudad. Arriba la noche, brillante, estupenda. La almohadonada chaqueta de corduroy emitía amorcillos cálidos. Levantó los aletones sobre el cuello. El olor de Mariana le gustaba.

-No quiero herirte... -pensó ella en voz alta.

-¿Y cómo me vas a herir?

-No sé, hiriéndote -se rió, lo besó, se pinchó con la barba del día-. No te rasuraste.

-No me dejaste –le devolvió la sonrisa y el beso. Se acomodaron a pequeños empellones para quedar todavía más estrechos, probando a engarzar sus cuerpos, a experimentar cómo dos continentes podían caber, sin asfixiarse, uno en el otro. Nada era más agradable.

-¿Me quieres? -preguntó ella.

-Mucho.

-¿Hasta dónde? -la sucesión de preguntas infantiles.

-Hasta el cielo.

-Yo más.

-Tú siempre ganas.

-¿Es un reproche?

-No. Sólo una verdad.

-Quieres pelear...

-No.

-¿Estás molesto por algo?

-No.

-¿Entonces?

-Fue sólo una frase.

-Mmm.

No quiso seguir. Temía las peleas. Los desgastaban. El odio entre amantes es terrible. Y no había pleito que no lo trajera. Herida, heridas. La muy simple del rechazo, de la no concordancia, del ser apartado, y las grandes heridas de las palabras y de la ira pensada.

-No me dejes nunca -se rindió ante él, apretándose.


CAPITULO DOS

-Las gentes, aquí, viven más hondamente... y menos atraídas por la parte superficial de las cosas. En un sitio así yo sería capaz hasta de creer en un amor eterno, y esto que he creído siempre imposible que una pasión dure más de un año.

Emily Brönte: Cumbres Borrascosas.


A veces, no lo dijo, no lo decía, se sentía un debilucho y opacado príncipe consorte junto a ella, tan locuaz, tan firme en sus mandatos, en sus juicios, acostumbrada a la riqueza heredada y a la suya propia.

A un hombre acostumbrado al trabajo rudo como él, nunca un sinvergüenza, le incomodaba levantarse tarde, por ejemplo. Mariana avanzaba en energía hacia la noche. Él se había hecho al ritmo de la tierra, a estar despierto antes de las primeras luces mañaneras. A las dos de la tarde, cuando no había mucha prisa, a las cinco si lerdeaba la siembra o la siega, su padre, su hermano y él ya estaban de vuelta. Entonces eran el bañarse y el comer abundante.

Con ella y la ciudad metida por todas partes los ritmos habían cambiado. Mariana dormía hasta media mañana y le reclamaba si se levantaba antes, entre dolida y molesta. Él argumentó la burla de los peones. Ella amenazó con despedirlos a todos.

-Tú eres el señor de la casa -le dijo-, no tienes que andar en madrugadas. -Y le enseñó a organizar el trabajo con el capataz después de la cena.

Aprendió a pensar. Horas de insomnio desde las dos o las tres de la mañana. Intentó los libros mayores de Marx. Ella le dio una novela. Anduvo resentido dos o tres días después de terminarla. Por primera vez vivía el misterio de la identificación con un personaje. Ella disfrutó inmensamente compartir hasta ese punto su clásico favorito.

El amante de Lady Chatterley lo sacó de su enfurruñamiento y lo sumergió en las delicias de una nueva luna de miel. Se acomodó de otra manera a la pasión del cuerpo. La llenó de la magia que dan las ideas. Clasificó su fuerza: él pertenecía a la materia. Ella al alma y al pensamiento.

-Vamos -le dijo.

-No subió la neblina -acusó ella.

-Faltan dos meses.

La abrazó. Le acomodó el chal. Le gustaba que él la envolviera. Le dio un beso en la nariz, fría. Bajaron. Doblaron por el canal de ordeño. Orín, boñiga, leche. Respiró hondo. Agradeció estar vivo y tenerla.

N N N N N

No hablaba con nadie. Menos aún con mujeres. La hermana, la criada, estaban vedadas. El camino abierto llevaba directamente al corral. Nunca a la cocina o al tendedero. Alguna vez Mariana dejó traslucir una sutil amenaza de venderlo todo. La sabía capaz. Ella vendería todo, viviría de la renta en algún retiro citadino, si con ello garantizaba su amor, su presencia y sus pensamientos para sí sola. Era una mujer voluntariosa. Se limitó a la lechería, y a visitar tres veces por semana su finca.

Dura y cortante como la verdad, hecha para cercenar lo podrido o lo inútil, Mariana lo dominaba todo. Al morir su padre se encerró tres meses. Al salir pareció crecida, con el resentimiento ocasionado por el despojo de la muerte orientado a manejar ella sola las cosas. No dejaría nada al azar. Desarrolló el sentido de la previsión, la larga vista adelantada a los acontecimientos. Así empezó su sutil e imprecisa fama de adivinadora, de saberlo todo, porque los frutos a su lado parecían hijos de la persistencia, hechos buenos a fuerza de obedecerle.

Después venían los cansancios. Desvanecidos cansancios para levantarse, agarrada de dolores, de batallas que nadie comprendía, salvo Pedro, después, cuando de puro amarla fue refinando su percepción, sabiéndose su vida, aprendiéndola por dedicación exclusiva. Entonces apuraba el masaje, apretando los músculos hasta que dolieran, y abría las ventanas para que aumentara el poder del aire agazapado en el cuarto.

El rey, en el ajedrez, es de movimientos mínimos, pensó. Casi no se mueve. La reina se pasea por el tablero poderosa, impetuosa. Pero es el rey, su ubicación, la que determina el juego. Sonrió. Estaba a punto de convertirse en un intelectual. “Disciplina de partido”, se dijo. Cada vez más parecía un personaje con pensamientos hablados en la cabeza. Cerró el libro.

N N N N N

Ahora sí puede decir que la conoce. O mejor aún, que la intimidad ha ido fijando en su memoria los rasgos conocidos. El amor entre adultos tiene voces múltiples con las que negociar o a las que combatir. Voces del grupo, afirmaciones colectivas no necesariamente ciertas, voces que al fin se van quedando mudas de ya no obedecerse, de no cumplir sus amenazas, de no aparecer el pecado o el ridículo. En su caso algunas tuvieron que ver con irse a vivir con ella, y con dejar el Partido, y con aceptar su dinero para lujos que no daba su finca, y con poner un administrador para estar todo el día juntos. Pero la voz de la mujer siempre ha sido más alta.

La desazón proviene de los celos, una montaña antigua que en vez de desgastarse se pulimenta con el paso del tiempo. Celos rabiosos, inmotivados, como de conocer más causas que las comunes para perder a un hombre. Rara vez va solo a su finca. Si ella no puede acompañarlo, le pide de pretexto cuidar un caballo enfermo o arreglar una cerca urgente, o pasar en limpio alguna cuenta para ayer que presentar al Banco. El accede casi siempre. A no ser que alguna sensación de orgullo malherido lo obligue a probarse, entre idea e idea, que aún es su propio dueño.

-No tienes que decirme con quién hablas...

-Te lo voy a decir siempre que quiera.

-Pero es que no me interesa.

-¡No me acorrales!

-¡No seas doble entonces!

-Nunca he sido doble.

-No. Sólo mentiroso.

-¡Yo no miento!

-Yo diría que no sabes decir la verdad.

-Pero si Cristina sólo me preguntaba...

-¡No tiene que preguntarte nada!

-Supongo que puedo hablar con quien quiera.

-No en mi casa.

No debió decirlo. Y menos aún dejarlo ir así, dando un portazo. Oyó la camioneta roncar. Sintió la risa de las criadas flotar en el aire, sin un ruido. A todas las despediría, fragmentaría sus cuerpos y dejaría colgando sus burlonas dentaduras en el portón para escarmiento. Ella sabía leer el aire, o algo más leve aún que hacía una sola masa continua de las cosas.

Todo se puso negro, vacío. Corrió a esconderse bajo la mesa. Allí la encontró su hermana hecha un puño de lágrimas. Nada decía, ni siquiera mamá, mamá, como todos los niños. La acostó. La abrigó. La frotó con alcohol de metilo. La nuca. Las plantas de los pies.

-Está bien así -dijo como si no se hubiera ido, fija la mirada en el cruce de madera de la ventana. Y después, faltando a su mutismo habitual de no hablar con nadie de sus vaivenes íntimos:

-Lo perdí.

-No creo. Volverá, ya verás.

-¿Tú crees?

-Por supuesto. Pedro de ama -le quitó un mechón de la frente, le subió las cobijas, ella se las quitó, se ahogaba.

-Lo humillé.

-Eso siempre pasa. Cuando se quiere todo duele más.

Puso Donatal en el té. Como a los niños. La convenció de tomarlo valida de su debilidad del momento y del apoyo que al hablar del asunto había solicitado. Se durmió con lágrimas.

Sólo ella la conocía así: quebrada, mínima, capaz de temer hasta la locura. Se miró en el espejo. Aún vestía de negro por la muerte de su padre. Había decidido que no se casaría. Era como una sombra alta, recta, de la que no se sabía si era hermosa o no. Nadie se lo decía. Era dentro de la casa, a su entender, un mal necesario. La administraba. Se encerraba horas enteras a tejer. O a coser. A vestir los niños del vecindario para el Cumpleaños, la Escuela o la Navidad. Toda casa necesita su solterona, decía, y asumía enigmáticamente su posición.

Mariana despertó hacia las seis. Pedro no había regresado. Conjeturó que había dormido en su finca.

N N N N N

-Nunca me dejes dormir sola- le había dicho varias veces con un profetismo que al siempre le pareció broma.

Balanceó la silla. Un bolero de ritmo marcado llegaba a ratos, desmenuzado por el viento. Respiró olor a químico y a madera seca y grisácea. Trató de reconocer lo que había en la bodega, desde allí, sólo por los olores. Olor a Diesel y a fierros de finca y a herrumbre de los metales, al hule grueso de las llantas, a saco de yute, a tuza, a canfinera, a cuerdas, al azufre de la carbura, y a grasa derramada y terrosa sobre el cemento sin pulir del piso.

Sintió en la espalda la tela de la mecedora. Una voz débil, temerosa, llamándolo desde una locación no muy lejana, no llegó a sus oídos porque no dormía y porque la dignidad de hombre acostumbrado a mandar se le había subido a la cabeza. No permitió los pensamientos que buscaban la excusa, el perdón para ella. La sobrecarga se había insolentado por dentro. Tampoco pensó que Mariana no merecía el castigo. Sólo que todos, por una u otra razón, por estar vivos, llevamos lastimos viejos que no es prudente tocar. Ella corre con demasiada prisa, se dijo, y yo no voy a correr sentado nunca más. Tomó la chaqueta. Salió aún guardando el dinero en el bolsillo.

N N N N N

Rosario había sido mujer de muchos. Pero ninguno pretendía la exclusividad ni llevar cuenta de sus hombres. Ella estaba ahí, siempre, para todos, cuando quisieran. No prostituía. Se entregaba por gusto.

Tocó suave. Reconoció la casita sobreelevada en estacones para evitar los suampos de la lluvia, los alacranes y las víboras; el cedazo de la primera puerta empezaba a romperse, tieso por el herrumbre. Entendió su torpeza. Rosario podría haberse casado, o juntado, o estar con alguno. Escuchó unos segundos. Nada se movió.

Se alejó unos veinte metros, bajo el mango. Silbó el flautido de años. La luna se despejó detrás de una nube. Luna llena, pensó. Luna para nacer o para morir, uno escoge. Volvió a silbar. El primero para despertarla, el segundo para que distinga que soy yo. Se encendió una luz. Oyó el golpecito de la puerta resortera. Rosario venía con el chal, el pelo y la ropa desarreglados.

-¿Quién es? –dijo con cara arrugada de buscar bajo la sombra de los árboles que apagaban la luna.

-Pedro.

-¡Pedro! –un susurro hacia adentro. Aquel hombre era propiedad ajena y tomarla era como echarse una maldición encima. Parecía más alto. Y demasiado limpio- ¿Qué pasó?

-Nada. Quería venir. ¿Hay alguien?

-No, sólo los chiquitos.

-¿Puedo entrar?

Otra vez el ruidito de la puerta. Cualquiera en aquellas circunstancias se vuelve maestro nocturnal: la piel adelantando ojos táctiles; las manos tentaculares, largas; las rodillas temiendo más que el golpe el escándalo de los objetos atropellados amplificado por el silencio de la noche. El roce mínimo del banco al moverse, al sentarse. La vieja hornilla de canfín difuminando el aire de la habitación, al encender, con su llama mimosa. El niño menor adormilado, quejumbroso por los sueños o por el trajín que a deshoras lo obligaba a venir desde lejos. El sh, sh, sh de las madres, todas una y la misma, acallándolo, autorizándolo a dormir de nuevo...

Después, el consabido ritual de las preguntas, no muchas, porque una mujer así sabe para qué se la busca y los porqués, no muchos, que pueden hacer venir a un hombre con compañera.

-¿Te peleaste?

-No... Sí.

-Me vas a traer problemas.

-No se va a enterar. Nadie me vio.

-Siempre hay alguien.

-Además, es sólo por hoy.

-¡Ah, qué bien!

-¡No! No quise decir eso, yo... Tal vez es mejor que me vaya...

Se estaba desacostumbrando al trato con las mujeres. Rosario le puso una mano en la rodilla. Cada mujer un ritual, pensó. Cada hombre un ritual, no pensó ella. Sh, sh, sh, empujó al niño, lo arrinconó, arriba a la derecha, contra la pared. Se acostó a los pies levantándose la falda, ocupando casi sólo la mitad de la cama.

Temprano al día siguiente Mariana bajó a buscarlo a su finca. No estaba. Lo esperó hasta el mediodía. Lo esperó la tarde. No llegó. En pocas horas ganan los acontecimientos.

N N N N N

Se pasó el día con Rosario en la casuchilla de madera color de agua lavada, grisácea, de una habitación, un rectángulo mínimo oloroso a canfín y a humo de leña que exuda hollín de las paredes, sin más terreno que el que va hasta la calle, umbroso de mangos y espinoso de arbustos de tallo duro para hacer escobones.

Anidando un gato negro de pelambre lustrosa y ojos ácidos limoneros, una hornilla de dos fuegos se mantiene en equilibrio sobre los adobes cenizos de un antiguo fogón. A un lado, pegado a la pared, el camón sin pintar con dos cobijas, una roja, otra gris, ligeras ya por el uso. Detrás del fogón la pila, el sumidero de agua que no sume sino corre, blanca de jabón, acanalada hacia los siembros.

...Cambió el cedazo. Compró dos bancos nuevos. Y jarros de lata, y platos de lata, y cucharas hondas de latón plateadas. Y comió macarrones que Mariana llama spaguettis, con queso molido ordinario de la pulpería y pulpa de tomate entero. No pensó en nada. Era su forma de vengarse. Ya le llegará la noticia, fue todo lo que se dijo que pudiera indicarle que aún la quería. Porque estaba haciendo las cosas para que le dolieran.

CAPITULO TRES

Pero ella seguía gimiendo: “¡déjame entrar, déjame entrar!”.
Emily Brönte: Cumbres Borrascosas.


Bajó hasta el poblado. La luna se metía por todos los rincones, lumbrera adelantada, cómplice de sus ojos de gato. Maullaba por dentro, desgarrada de malos presentimientos, atenazada por unos celos distintos, agrandados terribles por los temores. “Me moriría”, le dijo, se dijo, “sabes que me moriría”.

Hacia adelante mirar, y hacia atrás, por si las sombras lo pusieran de pronto a andar por el camino. Lento a trechos el pick up, a trechos corriendo, haciendo escándalos por los huecos de las callejuelas las cadenas a golpes en el cajón trasero. “No lo hagas, amor, no lo hagas”, sugestión del aire para que la oyera.

Se detuvo a pocos pasos de la cantina. Diez minutos después desistió de la espera. Repasó al volver lo caminado, cada puerta, y tras las ventanas la transparencia de las cortinas, por si su sombra se dibujara en ellas. Y otra vez de regreso, más despacio, aguzando los ojos sobre las cercas, empujando a fondo la mirada bajo los árboles.

Bajo un naranjo vio la camioneta. Frenó con un golpe de estaca que la rebotó contra el asiento. Oyó quebrarse los cristales, el espejo, el ruido de cascadas rotas a lo lejos. El Espejo. Otra vez, se dijo en alarido. Otra vez.

N N N N N

Pasaron las horas, ya no más aguardando porque estaba perdida. Tres veces creyó verse subir hacia la luna, suplicante, las manos entumecidas por el frío. Cerca de las diez saltó el gato negro de patas arácnidas sobre los vidrios delanteros del auto. Creyó gritar pero seguía inmóvil, vencida. La boca no se movió. La mano no se movió, agarrada al volante aún, blanquecida. Alguien ya no cuerpo, alguien adentro, ocupando su dimensión muerta, empujó al negro animal hirsuto, electrizado, sospechoso, iracundo con ella. Lo adivinó llevando su victoria a la casa.

Se dejó hundir de nuevo en la página, estampa, lámina sumergida, asomando los ojos desorbitados tras la hendija alambrada de los renglones. Volvieron las cumbres, las borrascas, ella llamando, él llamando. Él en la habitación que alguna vez oyera pensar la rabia de sus amores, ella afuera, ya muerta, nunca olvidada, clamando por él, lanzada a la ventisca, golpeando la ventana, ya sólo espíritu. Y con la ventana golpean y llaman su nombre el viento, la lluvia, la helada. (“Catalina... Catalina... Catalina...”).

Escuchó en su memoria el último diálogo sostenido aquella vez, recogido frase a frase por la Brönte:

“-Sin duda estás poseída por el demonio –dijo él con ferocidad-. No es posible que me quieras hablar de esa manera cuando te estás muriendo. ¿O es que, por el contrario, comprendes que tus palabras se grabarán en mi memoria como un hierro ardiendo, y que seguiré acordándome de ellas cuando tú ya no existas? Sabes muy bien que mientes cuando me dices que te he matado, y sabes también que tanto podré olvidarte como podría olvidar mi propia existencia. ¿No basta a tu diabólico egoísmo el pensar que, cuando tú descanses en paz, yo me retorceré entre todas las torturas del infierno?

-Es que no descansaré en paz –dijo Catalina.”

¡Otra vez , se dijo Mariana, pasó de nuevo, otra vez! Vuelvo al abismo del tiempo como un alma en pena...

-¡Mariana! ¡Mariana! –Pedro golpeaba el vidrio del auto, desesperado.

No giró la cabeza, pero lo vio, perdido, gesticular, llamarla (“¡Catalina! ¡Catalina!”). Eran dos, otra vez dos, ya no más uno, porque roto el espejo no se refleja el adentro en el afuera. Con movimientos bruscos, torpes, congelados por el miedo, buscó una copia entre sus llaves. Abrió, la abrazó. Estaba fría, fría de muerte y de frío. Perlada. Traspasada. Ocupó su sitio en el auto. El sollozo le rompió el nudo de las lágrimas. Se escuchó gemir como un perro rabioso. Vio a Rosario asomada a su chal, pálida, acongojada. Entendió despacio, filtrada hacia atrás la goma del pensamiento, que tampoco esta vez habían podido romper el envenenado hechizo de la separación, ni el giro circular de sus historias, que tendrían que volver e intentarlo de nuevo.

Ojalá con Catalina, rogó, ojalá con Mariana, que no se le perdiera, santo Dios, que no se le extraviara en el espacio ni en el tiempo...



Un chico gay

Ahora, corriendo por los corredores, con la vergüenza de cosa prohibida vista sin querer quemándole los ojos, entendió por qué Carlos, el hermano mayor, había roto su distanciamiento cortés casi encarnado al cuerpo con aquel desliz de dinero extra adelantado, como agradeciendo de antemano algo que nunca acabó de decir pero que se colaba continuamente en la excusa apenas tangible con que se refería a su casa, a donde la contrataba para ir a trabajar como enfermera.

Ella había tocado a la puerta antes de entrar como indican las buenas maneras, aunque quizá tendría que haber esperado a más tarde. Pero la medicación exige horarios precisos y ella había asumido funciones desde la noche anterior, cuando Carlos la llevó al dormitorio que ahora abandonaba de prisa, turbada por una verdad incómoda. Anoche mismo le había presentado a su hermano Andrés, y a Augusto, el huésped de la habitación contigua.

Evidentemente nadie esperaba que empezara a trabajar tan temprano. Andrés, aumentada su palidez de enfermo, la miró sorprendido. Contra la pared, en el otro extremo de la cama, Augusto permaneció inmóvil.

-Oh, disculpen.

-No... no se preocupe, pase, pase.

Fijó la vista en la mesa de noche para no mirar, envarada en la puerta, y habló y gesticuló fugaz, como si quisiera decir en la forma más rápida que era hora de tomar las pastillas, las rojas, las naranjas, que dentro de una hora vendría con las otras, con las verdes y las blancas, y que dejaría para después el termómetro. Augusto, en el borde interior, naufragaba entre las sábanas.

-Está bien, le agradezco su fineza.

Es mismo buscó los frascos, lento, primero uno, después otro. Creyó ver que se los mostraba, cumpliendo un ritual de obediencia. En ningún momento molesto, si acaso con algún sentimiento parecido al desgano, aliviado de que ella conociera su condición desde el primer día, como un buen principio. Se ahorraban las molestas confesiones, los ocultamientos y las hipocresías. Ninguno de los dos, ninguno de los tres, se dio por enterado. Nadie vio a Augusto en la cama.

-Volveré dentro de una hora.

Se apuró por los corredores. Estaba claro. La esmerada gentileza de Carlos Cejudo desde que la recogió en el tren, excesiva como si llorara excusas, buscaba pagar de antemano cualquier futura situación incómoda. Y la suma tan alta que ofrecía, aumentándola de manera injustificada cuando la conoció personalmente. Creyó estar en la obligación de sentirse mal. ¿Por qué no se lo dijo abiertamente? ¿No estaba en su derecho rehusar? Y ahora que recordaba los nombres de las medicinas...

Pensó en Augusto escondido bajo las sábanas. Y en Andrés Cejudo que la había enfrentado con el “no importa” de lo irremediable. Se sonrojó de nuevo al recordar la incomodidad de los tres. Casi se oyó decir “¡oh muchachos!”. Se asombró de relajarse tan fácilmente. Alguna vocecilla interior dijo decepcionada “¿era eso?”.

Carlos Cejudo no tendría de qué preocuparse. En realidad no la molestaba el asunto. Avanzó de nuevo. Anoche la casa le pareció interminable. Hoy siente como si en forma de postal alguien la hubiese colgado junto a la vieja colección de cuadros de familia.

Al fondo rompía un foco de luz intensa. Caminó hacia allá. Una sala en blancos, iluminada por los vidrios rectangulares de un pequeño invernadero de techo abierto para facilitar la llegada de los pájaros, simulaba ser una enorme pecera que apresara plantas florecidas, turnadas según la estación. Una atmósfera en algún sentido pagana que traía la maravilla del ritmo natural dentro de los muros de la casa. Había una divinidad aprisionada por la belleza en aquel paso de la luz a las formas.

-Se construyó cuando mamá tuvo que usa silla de ruedas.

Se volvió asustada. Era Carlos Cejudo.

-Aquí bordaba, nos daba lecciones de piano y nos leía sus poemas. Y a Dickens. La amábamos- quitó la vista, dudoso, inseguro.

-Es muy hermoso- se volvió para que viera su cara, sus ojos de no buscar culpas. Por supuesto que no debía temerla. Por supuesto que se sentía bien allí- Podría decirle que me recuerda a una iglesia.

-Para nosotros lo es –lo dijo aliviado, pues la había visto salir del cuarto del muchacho-, en especial desde que murieron mis padres. En realidad desde antes. Aquí fuimos felices. Mamá leía en voz alta. El invernadero se llenaba de pájaros. Papá decía que llegaban a oírla. Cuando murió fue él quien se refugió aquí. Cada vez se quedó más tiempo, hasta que se durmió definitivamente. Es un pequeño templo al amor, ¿no cree?

El silencio se apersonó solo. Hay rituales cotidianos que se cumplen sin que nadie pretenda enseñarlos ni aprenderlos. Este silencio se presentó así, un ángel popular, el ángel de los soliloquios.

-Me alegra que haya venido, Ana. Presiento que vamos a estar mucho tiempo juntos, y que le hará bien a Andrés. Espero que le guste la casa. Y espero que le guste Andrés. Yo lo amo. Y aunque no puedo ayudarle quiero que esté lo mejor posible. Quiero también que estudie la posibilidad de administrar el mismo tratamiento a Augusto.

Aprobó con la cabeza. Agradeció la sutil confidencia.

-¿Ya desayunó?

-No, todavía no.

-La invito.

Sonrió, libre de aquella opresión de cosa densa posada entre los dos. Un pájaro entró cuando ellos salieron. Ninguno de los dos se dio cuenta.

N N N N N

Augusto dejó hablar a su compañero:

Por años Andrés Cejudo había querido pararse ante su padre y su madre y su hermano y aún Augusto mismo sin bajar los ojos. Sólo ante Dios lograba hacerlo. Porque sólo El conocía la clase de fruto o de flor o de montaña o de riachuelo que él era. Nadie más. Se sabía inquisitivamente mirado por todos, cada quien intentando un nombre que ponerle, una definición, una razón que explicara sus límites precisos y la función que cumplía en el vasto y pluriforme escenario de la vida. Se quería bien-visto, bien-decido, ser aprobado, en especial por los que amaba. Por eso se esforzaba en buscar una explicación, una estructura universal que explicara desde el punto de vista de Dios lo que sólo “ellos” no necesitaban entender.

Cualquiera que invadiera sus vidas, toda persona que los hubiera mirado, descubierto, enjuiciado, pensado, daba origen a largas conversaciones de las que intentaba extraer ideas con las que probarles su normalidad total y absoluta. El y Augusto eran normales, decía. Tanto como un par de tomates, un sofá, o una piedra solitaria en el desierto. ¿Quién puede juzgar la obra de Dios, y porque yo, nosotros, los mismos, los de siempre, habríamos de estar fuera de ella? No le satisfacían causas históricas, argumentos de autoridad u otras falacias. Los griegos con su superioridad cultural, el esoterismo encarnacionista, la repetición del fenómeno en el tiempo. Tampoco la justificación hormonal o las desviaciones psicológicas. Se negaba a aceptar otra razón que no fuera el amor, valedero por sí mismo. Esta vez era Ana, la nueva enfermera, la que había provocado la conversación.

-Carlos cree que el espíritu no tiene sexo. ¿Tú crees eso, Augusto?

No contestó. ¿Para qué? Su compañero no escuchaba, no esperaba una respuesta. Ana lo había enfebrecido. Por ser mujer, quizá. O por ser suave, aprobatoria, como una ideal figura materna de pronto aparecida.

-A veces pienso que es el amor que nos tiene el que lo hace intentar, también a él, explicarse las cosas... No sonrías de medio lado, ya sé lo que me quieres decir, que el tuyo sí tiene sexo y es mujer. ¡Que conste que yo no era muy diferente de los demás!

-Yo sí.

-Bueno, tú sí. Nos gustaban las niñitas, como a cualquiera.

-A mí no...

-Bueno, a ti no... ¿Me vas a dejar hablar? Y sentarnos en las fiestas a mirar a las mamás de nuestros compañeros y cruzarnos suspiros y miradas porque estábamos enamorados de ellas.

-Yo miraba a los papás...

-Bueno, ¡está bien, está bien! Pero una vez me contaste que habías besado a Silvia.

-Fue cuando me pediste que te explicara cómo, y yo me aproveché para darte un beso allá arriba en el desván.

-Sí, y casi nos desmayamos. Nos quedamos como dos horas agarrados de las manos para que no se nos saliera el corazón.

Se rieron a carcajadas, las mejillas sonrosadas, como dos niños tomados en falta. Después se abrazaron. La risa los había cansado.

Augusto le tomó la cabeza y se la puso en el hombro. Lo apretó. Tenía fiebre. Otra vez lo mismo, se dijo, pensar y hablar, forzar las preguntas hasta el límite, lanzar el ojo agudo de la mente a robar al cielo el fuego luminoso de una respuesta. Algo para aliviar el dolor. Un escudo mágico tachonado de espejos donde obligar a posarse la mirada de los otros, con el poder de convertirlos en piedra dura que dejar allí, sobre el camino, puesta a reflexionar milenios sobre la oscura resequedad de su corazón excluyente.

-Éramos niños normales, Augusto. Nos preocupaba que algún profesor tratara de prostituir a nuestras compañeras por una nota, pensábamos que Raúl era un mamitas porque era cobarde, y lo mismo Hugo, que sólo se sentía seguro entre las piernas de una mujer. Nosotros no, Augusto, nosotros no...

Lo acostó, le quitó el edredón de encima. Le dio besos en los ojos como pidiéndole dormir, dejar de pensar. Todo ello sin palabras, en el claro, gestual, lenguaje del cariño.

-Somos normales, Augusto, gente normal... ¿De verdad crees que lo somos? ¿Lo crees?

N N N N N

La dominaba el sueño. Justo en el límite entre dormir y velar se quebró un frasco en la cocina. Pasaba de nuevo. Certezas veladoras afirman que los diablos del alma se fortalecen cuando uno duerme de día. Bajó a la cocina. Preguntó por el frasco. Nadie había escuchado nada. Todo estaba en su lugar. Habría debido suponerlo.

Otras veces eran las moscas. A las seis, cuando despuntaba el sol, metódicas, relojeras, venían a rondar su cara o sus orejas. Hasta que la hacían levantarse. Eran moscas metafísicas, porque muchas veces intentó fumigar la noche anterior el dormitorio, y nada. Moscas de su humor, suponía, de su propia mente selvática, llena de rumores, de lagares estrujosos, porque irremediablemente florecían las bestezuelas mañaneras. Salió a caminar.

Intentó una siesta en el jardín, perezeando en la banquilla blanca. Escondió bajo la larga falda los pies, no para evitar el frío, pues era pesado el calor, sino para prevenir los mosquitos, las molestas bandadas de vampiros en miniatura. Un moscardón desagradable, bestia madura del mediodía, hinchado y agrandado por el continuo autoafirmarse de las horas transcurridas, se le enredó en el pelo. Gritó, lo espantó a palmas y gritos, aterrorizada. Desapareció con su ruidito de motoneta molesta.

Escuchó el motor. El automóvil de Carlos, viejo en su imaginación que le jugaba la broma de pensarlo en pasado, entró en el paisaje. Corrió a recibirlo. El jardinero retrocedió poniendo la mano sobre el faldón de cuero como si se detuviera a sí mismo. Sonrió. Ella pensó que complacido. Abrió el portón. Se detuvo en la entrada.

-¿Quieres subir?

-Prefiero que bajes.

Aparcó el coche bajo un árbol. La belleza de la estación, la florecida generosidad de los árboles, Ana sonriendo, la sombra perfumada cayéndole encima como una cosa fresca. El pensamiento se le acomodó al jardín, se le hizo un bloque translúcido. Pensó con lentitud de luz demasiado intensa: “Allá adelante alguien camina recordándome. Me sé sabido. Desde algún lugar esto que soy se me vuelve memoria”.

-¿Cómo has estado? -muletilla para acercar. Se le escapó, empujado por la prisa.

-Bien, ¿y tú?

El pensó que desde que la había tomado del brazo en el rincón donde sedujo a tanta mujer imaginaria su electricidad le había activado los ejes. La llevó a la banquilla. Todo venía como rodando, natural, de repente.

-Cásate conmigo, Ana.

Sonrió enternecida. Lo tomó de la mano. Corrió con él hasta la casa. Subió arrastrándolo de la mano aún las escaleras. De prisa volando de puntillas hasta el cuarto. Cerró con llave.

-Acepto.

No hicieron el amor. Se colmaron de arrumacos y caricias hasta quitar las dudas invisibles. Después bajaron por comida y subieron con una bandeja hasta el cuarto de Andrés. Tocaron antes de entrar. Más allá del cruzar la puerta todo se volvía serio. Tenían miedo. Miedo a lo que “detrás de la puerta” significaba. Dejaron de leer en sus cabezas. Fueron valientes. Entraron.

-Hola Andrecito -le sonó la voz a culpable, a femenina y culpable.

Algo de vida sonrosada, sudada, lavada, resplandecía en ellos. Miró a Augusto para constatar si veía lo que él. Se dijo que, contra todas las negativas de los sabios, quizá lo de su compañero y él si fuera amor verdadero, pues ¡se parecían tanto los síntomas reflejados en la cara de aquellos dos! Sonrió como siempre que encontraba una respuesta.

-Estábamos jugando.

Augusto recogió una carta. Puso la que tenía sobre la cama.

-Gané.

-¡Este muchachito siempre gana! -miró de nuevo a Augusto, señalándolos con la mirada. Las complicidades eran otra forma de ser dos, de ser uno.

Ser dos, ser uno. Todo lo de afuera era el mundo. Aún Carlos, aún Ana, esa preciosa mujer que había llegado hacía seis meses con la bondad de lo femenino y de todo lo que amaba antes, cuando soltaba el pelo de su madre y lo hacía brillar alargándolo con la paciencia ritmada del cepillo mientras Carlos y su padre se entretenían jugando a las cartas. Recordó el rubor que subía a sus mejillas al suponer la mirada de los dos hombres sobre ellos. Les sonrió aprobando su notoria y saludable alegría. Ana lo besó.

-Augusto hace trampa, nunca juegues con él.

Todos se rieron, aliviados por la broma. Augusto enrojeció.

-Quiero que hablemos –dijo Carlos.

Augusto se acomodó, eléctrico, sobre la cama. Ante palabras que demandaran atención siempre reaccionaba como tomado en falta, incluso allí, con ellos, en la neutralidad de una casa donde ningún ojo juzgaba. La vieja sombra de los castigos, de las voces paternas agrediéndolo por haber nacido, o por hablar, o por sentirse feliz entre los vivos y nada distinto de la distinción de todos, lo obligaba a la alarma permanente, a agacharse, a la humildad, o a atacar mordaz, terrible, al defenderse. Veneno innecesario, pensaba, ¡cuán dulce era yo, cuán alegre, cuán seguro, antes de saberme un ofensivo error de la naturaleza!

Recordó, mientras se acomodaba una falda imaginaria que se había puesto para la ocasión, las veces que Carlos había tratado de sacarle del alma las espinas siempre en guardia con que se defendía. “El cuerpo no es tan importante, es sólo una estación de paso”, le dijo la primera vez que se hablaron las cosas. Pero eso era teorizar. El estaba acostumbrado a temer, a sentirse culpable. Durante doce años su padre utilizó las golpizas y los gritos como remedio para su afeminamiento, para su hablar de señorita.

Se lo quitó de encima con el internado, donde su hostilidad asqueada fue sustituida por las frases obscenas y los golpes de sus compañeros. Un día de tantos no se aguantó y le dio a alguien, y le dieron a él, una golpiza. Tuvo que huir, y lo expulsaron en ausencia por marica. Se suponía que había intentado corromper a uno de sus compañeros.

Nadie le creyó sino Andrés, y la madre de Andrés, y el padre de Andrés, que negociaron con el viejo para quedarse con él, y Asunción, la criada, que le llevó los paños calientes y los medicamentos dolorosísimos, y Andrés que lo besó y lloró toda la noche, como si lo sanara con el agua de sal de sus lágrimas.

-Tenemos mucho tiempo de estar solos. Esta ha sido en la práctica una casa de hombres.

Augusto se turbó. Andrés le tomó una mano. No la quitó. Era hora de tranquilizarse quizás.

-Pero hace unos meses llegó Ana. Y debo decir que desde que la vi en la estación, bueno, no sé, como que no duermo bien.

Se rieron.

-Queremos casarnos.

Lo dijo serio. Como ante testigos que supieran bien, en profundo, en pago de moneda dura, doliente, lo que era el amor.

-No sé si están de acuerdo.

Casi suplicó con la mirada, apenado por intentar ser feliz cuando la enfermedad de Andrés parecía exigir otra cosa.

-¡Ana! ¡Felicidades! –Andrés lo dijo sin fingimiento. Augusto se puso en pie y corrió a abrazarla. Hubo risas, pequeños aplausitos.

-¡Que se casen aquí en el cuarto! –Augusto explotaba ante la posibilidad de planear una fiesta.

-¡Uy, no, aquí no, muy feo!

-¿Por qué? Yo me encargo de ponerlo bonito. Podemos hacer aquellas guirnaldas de celofán que hicimos para el cumpleaños de Arturo, ¿te acuerdas? ¡Sí, no se preocupen, Andrés me ayuda!

-¡Flores! Hay que llenar la casa de flores. Los jarrones de cristal cortado están en el mueble grande, a la izquierda, yo mismo los guardé cuando murió mamá.

-¿Dónde?

-En el comedor.

-Ah, sí, ya sé. Y hacer una recepcioncita. Puede ser aquí también, en el cuarto, así no hay que mover a Andrés.

-No, eso no, me parece de mal gusto, y yo debo oler horrible.

-Tan tonto, a qué vas a oler...

-¡Esperen, esperen! No vamos a invitar a nadie –interrumpió Carlos.

-Ay, ¿por qué?

-Porque me voy a morir, ya se sabe.

-No es por eso, no es por eso. Queremos casarnos con sencillez, ante Dios y ustedes. No hace falta nadie más. Pero sí lo vamos a hacer en este cuarto. Y sí quiero que nos hagan las guirnaldas, y las flores. Pero sólo eso.

-¿Ves? ¡Nosotros siempre tan fiesteros! -se rieron a carcajadas, como si hubieran dicho un excelente chiste.

Afuera del cuarto se besaron. Se abrazaron fuerte. Algo entre límites, algo abismal detrás de la puerta, los había aprobado.

N N N N N

Tremendo poder el de la mujer, se dijo Carlos Cejudo, que todo lo conmueve, lo cambia, lo transmuta. La casa, en breve, había recuperado la vida. Simplemente porque ella era mujer, ni más bella, ni diferente a las demás.

Recordó la boda. El cura, Arturito, y la vieja y decrépita Asunción permanentemente dormida en el sofá, a la que hubo que llevar de la mano para que estampara su firma de testigo. El jardinero, las dos criadas, nadie más.

Arturito y Augusto decoraron la casa y obligaron a todos a desfilar escaleras arriba tras el nebuloso ensueño de la novia, que no llevaba traje especial, pero sí un largo velo blanco tachonado de rosas blancas esponjadas y frescas que le hacían peso al arrastrarse sobre los escalones. El bouquet había sido cortado con las primeras luces por don Manuel y estaba hecho con la pelusa de espárragos húmedos, rosas y flores silvestres y una que otra hoja carnosa para sustentar el hilo invisible simulado entre las cintas blancas de las amarras.

La boda se celebró en el dormitorio, bajo el arco de la puerta, apenas para el mirar de Andrés. Engomadas como palomas las sábanas y las cortinas recién puestas, aplacados los olores a medicina por el olor a hostia de las sábanas blancas.

Durante la ceremonia Augusto se pegó a Andrés. Era fácil adivinar lo que se traían y el significado de la larga respiración, casi un suspiro, cuando el cura dio la bendición final. Tenían chapitas rosa en las mejillas. Andrés pidió la palabra penas retirados el cura y los criados.

-Voy a decir una cosa, espero que me disculpen –volvió a ver a Augusto y luego a los novios- Ana, estás preciosa -todos aplaudieron- En realidad no puedo decir mucho, ustedes saben que me canso... Ana, fue bueno que vinieras. Quiero que lo sepas. Carlos será feliz y la vida podrá seguir su curso. Uno o dos niños alegrarán la casa... Lo que quiero decir es que todo está bien, que no tienen por qué preocuparse, que ahora sí, todo está bien.

Se abrazó a Augusto. Éste miró a todos lados, atento a morder. Lo besó en la frente, agradeciendo el esfuerzo de sus palabras. Sudaban. Las hondas ojeras habían corrido en Augusto su carrera de obstáculos y ahora ambos se parecían. Era como si Andrés hubiese frenado el desarrollo de la enfermedad para esperar a que Augusto lo alcanzara. Después de quince meses tenían el mismo rostro, gemelos del cabello escaso y de los ojos desorbitados, ahuecados.

-Es que Augusto y yo hoy nos casamos -dijo apenas, metida la voz entre los gruesos pliegues del sweater de su compañero, para que todos supieran, sin aguantarse, liberado en aquella frase que todo lo decía, abierto y sin pena, comunicando claro la trágica noticia de su amor, a la orilla del ya para qué, en donde sólo las necesidades de lo hondo luchan aún por establecerse, porque perviven hasta el final en las exigencias del alma.

Se apretó a Augusto. Tuvo miedo. Le clavó los dedos huesudos. Augusto se aflojó primero. Hubiera ahogado a Andrés por callar la frase que lo avergonzaba. Pero se dijo que mejor así, que había que decirlo, pelear, gritar, aún a ellos, a los suyos, decirlo a los cuatro vientos, hasta que se cayera, por insistencia, la jaula aislada en que los exhibían como animales extraordinarios.

Carlos se quedó mudo. Miró a Arturito y a Ana. Arturito estaba encogido, lleno de nudos y de lágrimas. Pero feliz. Ana pensó que debía ser ella la que tendiera un puente a Carlos porque al fin y al cabo había sido la última extraña en compartir, sin nunca hablar del asunto, el gran secreto de la casa.

El aire se había quedado suspendido a un medio escalón, como si hiciese falta aceptar el sacrificio, la palabra que se debió decir antes para que todo flotase afuera como flotaba adentro, para que las cosas llevaran exteriormente su verdad verdadera.

-¡Oh, Andrés, qué bueno! -corrió a abrazarlos- ¡Entonces te felicito a ti también!

Hizo gestos, muecas alocadas, intentando una alegría sincera. Sí, me alegro, santo Dios, me alegro, acoge a estas pobres criaturas, y si es tu voluntad revístelas en tu cielo de otros cuerpos para que nada empañe su amor.

Con su cama hoy en otra posición, abrazado a Augusto se vio en el espejo del pasillo. Su rostro, pasado ya, indetenible. Sintió un llanto seco en el pecho. ¡Cuán brutal se le presentó la inutilidad de aquella o de cualquier batalla! ¡Ya para qué, ya para qué! Haber peleado antes, cuando aún había vida que vivir y que acomodar entre los pliegues del espacio ocupado por los otros. Pero no ahora, cuando los cuerpos del delito estaban por deshacerse. Ya no había cuerpo que defender y las almas jamás habían sido problema. Si hubiésemos sido simplemente amigos, se dijo, si nos hubiéramos negado al placer del amor y a la caricia física, y habláramos un poco más fuerte, ¿habría sido distinto? ¿Qué separa al amigo del amante? ¡Tan poco!

Carlos lo abrazó.

-No te preocupes, muchacho. No hay ningún problema, ninguno, ¿ves? Bueno, Arturito, ¿no vamos a hacer un brindis por los novios? -y en voz más alta, para confirmar con un chiste- Ya era hora de que se casaran, ¿no creen?

Arturito sirvió, derramando, varias rondas de copas. Ahora era él quien trataba de ser un buen anfitrión y de que la alegría no se rompiera.

-¡Con un hermano así cualquiera se defiende en este mundo puto! -comentó.

Una hora después terminó la fiesta. La criada separó los trastos y fue especialmente generosa con el agua hirviendo. Hacía días que no veía a los muchachos. “Castigo de Dios” pensó mientras lavaba. “Víctimas necesarias, las hostias, las ofrendas, hasta ajustar el precio que libere a los esclavos de veinte siglos”, respondió a un mal pensamiento Arturito camino a casa.

N N N N N

Carlos subió a la habitación. Recordó, antes de entrar, que el olor era casi insoportable. Respiró hondo. Tocó brevemente. Nadie contestó. Entró.

-¿Cómo están los muchachitos?

-...

Vio que Augusto se atravesaba sobre el cuerpo de Andrés. Entendió súbitamente.

-Está muerto, Carlos –lo dijo como si no doliera.

-Oh, Dios...

-Se durmió tranquilo, sólo dejó de respirar -se enderezó- No dijo nada. Ayer sí, por última vez. Dijo “te quiero”.

Se asomó a la puerta. ¡Ana!, llamó fuerte, casi excesivo. Ana lo sintió, lo supuso, corrió, llame al médico, dijo a la criada. Le tomó el pulso. La piel estaba fría, muda. Se fijó en la respiración. Hace cuánto, preguntó, no sé, como dos horas, sollozó Augusto, y se volvió a quedar seco. Lo llevaron al sofá, le dieron un calmante. Estuvo dormido mientras el médico dictaminó y entregó certificado y dos copias, mientras se organizaba, a pesar del dolor, el espectáculo del velorio.

Al despertar los cuatro cirios estaban apagados. Lo ayudaron a levantarse, lo llevaron a su habitación, le ayudaron a vestirse. Pidió acostarse de nuevo, empeñado en dormir, en mezclar con el suyo el definitivo sueño del muerto. Se durmió.

En sueños, él mismo tan débilmente amarrado al casi transparente hilo de la vida, vio a Andrés pelear con los terrores de siempre, esta vez sin raciocinio que los refrenara, pasando de la alegría al martirio y viceversa, inmerso circular, redondo, en la totalidad de su vida. Giraba, golpeaba de aquí para allá con las imágenes, vestido de neblina.

Augusto acompañó de cerca a Andrés tanto cuanto pudo. Siete horas y más estuvo dormido, sudando, adelgazando, apurando el proceso de succión, a veces él también deshilvanado en la memoria, dejándose invadir por la otra vida. Al despertar era ya un animal inmóvil. Supo que no llegaría a más, porque no quería. Ana lo esperaba a la salida, a la entrada. Más atrás estaba el médico.

-Lo siento -dijo- no voy a poder... ¿Querrás hacerlo, doctor?

El médico miró a Ana.

-Por favor, Ana -insistió- ya todo está descompuesto. Dile que sólo sienta mi olor... -sonrió de medio lado- Quiero ir con él, ¿puedes entenderlo? No hay nada que salvar, Ana, sólo tiempo, es lo único que aún puede valer para nosotros, ¿comprendes?

Le apresó la mano. Ella entendió. Si no el doctor, ella lo haría.

-Lo convenceré.

Afuera, a solas, convenció al médico. Carlos estuvo de acuerdo. Ana trató de apurar las cosas. Media hora más, solamente. Andrés vio salir a Augusto por aquel túnel de luz invertido. La vieja Asunción lo vio también, y abrazarse a los dos, diluidos, ya casi invisibles.

Se hundieron juntos en el infierno de las imágenes. Tres días de tortura, tres días largos, los mismos del velorio, viéndose a ratos, de lejos y de cerca, cada uno llamado por los recuerdos del otro. Muchas veces también se perdieron, porque los dolores y los demonios interiores eran en cada uno diferentes. Asunción, dormida como siempre, todo lo presenció, pero no pudo contarlo a nadie porque su vieja memoria no almacenaba los sueños.

Fueron sepultados juntos, arriba uno, abajo el otro, ocupando un solo sitio, una sola lápida para sus nombres.

Diez meses blancos, lunares, después, Ana dio a luz gemelos. Venían sentados uno encima del otro. La mujercita nació primero. La llamaron Andrea. Al varón Andrés. Andrea y Andrés Cejudo, hijos de Carlos y de Ana.



Andrés Cejudo, el lector

Cuando el poeta y escritor Lázaro Resurrecto Fuentes entró en el Café del Puerto en una de esas noches en que salía a caminar y se perdía en lugares donde los suyos no pudieran hallarlo, el más fiel lector de su obra acababa de pedir la palabra. El supuesto recuerdo de lo que iba a contar lo había tomado de cierto libro de Lázaro que versaba sobre el tema siempre inquietante de las reencarnaciones. Este detalle de autoría personal Lázaro no lo descubrió hasta horas después. Evidentemente no se conocían.

Años después en una de sus visitas me narró el extraño encuentro con aquel cuentacuentos. No pude evitar el comentario de que un personaje así concordaba con lo que él escribía. “Se te parece”, le dije.

Hoy, ya muerto Lázaro, no sé aún si dijo la verdad. O si sólo fue un cuento que, perezoso de escribir, prefirió lanzar al aire tras una perfumada voluta de café.

N N N N N

Me encontré a Andrés Cejudo (así dijo llamarse) cerca del puerto en un bar, café, soda, restaurante internacional y de mariscos, cuyas puertas no cerraban nunca a fin de cumplir con todas las especificaciones de sus múltiples rótulos callejeros. Serían cerca de las diez de la noche cuando, hablando para todos, definió la capacidad extraordinaria de su memoria personal como la sucesión de varias vidas recordadas. Afirmó conocer seis de sus nacimientos.

-Había dormido hasta tarde –dijo-, cosa que no hago muy a menudo porque a la hora de despertar tengo sensaciones muy desagradables, a veces hasta dolor de cabeza, y en todo caso porque no ignoro que el sol alimenta en los despiertos la conciencia y en los dormidos la inconciencia. Me levanté con dificultad. Nunca el ruido de hojarasca en la cabeza había sido tan fuerte. Dos vidas completas se me presentaron. Era yo, ve usted, un yo extraño y yo mismo que había olvidado.

El hombre hablaba con mucha parsimonia, concentrado como si dijera la verdad. Lo interrogué escondiendo los dobleces de la ironía.

-¿Podríamos conocer, si no es mucha indiscreción, algo de esas memorias, quién es usted, quién ha sido? Fíjese que a nosotros nos gustaría saber si hay algún sentido en la existencia. La sucesión de cuerpos visitados por el alma no resuelve mucho el misterio de estar vivos, pero es al menos una esperanza para el amor y para los sueños truncados. ¿No cree usted? ¿Podría, pues, explicarnos, como viajero entre mundos que dice ser, si agrega un sentido distinto a la existencia el encarnar hoy aquí y mañana allá, o el recordarlo, si hay un orden, un planeamiento al menos, o si es el azar el que nos conduce de un sitio a otro, si es que, como afirma usted, efectivamente nos conduce a alguna parte?

-Muy interesante su pregunta, doctor. No crea que no me doy cuenta de que paso por un charlatán ante ustedes. Pero, ¿quién no, doctor? ¿Quién que abre la boca para decir algo, lo que sea, no se arriesga a pasar por presumido o por idiota?

Nos reímos. Tenía chispa. Aparentemente sabía en lo que estaba. Me arriesgué a una conversación prometedora. Afuera hacía frío, y el mar golpeaba los malecones.

-Lo primero que se me vino a la cabeza fue una mujer. Mi hermana. Y rostros superpuestos o más bien contemporáneos al de ella, aunque allí no hay tiempo, ve usted, en el sentido de que no hay sucesión, todo es simultáneo. Tuve la sensación del desapego, de la lejanía, como si nada nos perteneciera, o mejor aún, como si todo nos perteneciera y pudiésemos ser de pronto padres e hijos de todos.

Se rió. Mostró sus dientes babosos, negros por el tabaco. Imaginé sus pulmones. Estarían igual. Flemáticos y sucios. Salivó un poco y siguió.

-De joven fui eso que llaman un beato, un fanático de mi fe religiosa. Vivía la enorme vanidad de creerme un elegido. Era unilineal en mis lecturas y en mis juicios, en mis verdades absolutas. Practiqué varias normas morales y de vida. Las allané también siempre que pude. Para el santo todo es santo, usted sabe, la vieja excusa. Después de cada transgresión caía en la tentación de las depresiones, esa agua turbia de la conciencia, y me consideraba una nulidad absoluta. De la soberbia a la anulación no hay más que un paso, ¿ve usted?

Habló cerca de media hora sin interrupción. No emitíamos más sonidos que los indispensables al estímulo.

-Recuerdo claramente, por ejemplo, haber sido un suicida, y mi encarnación posterior en un cuerpo maltrecho. ¿Los asusta? A la suma de conciencias que ya arrastraba sumé la conciencia de ser feo, rengo, y chueco. Si alguien buscase una prueba para la reencarnación, señores, tendría que buscarla en ese pudor que siente la criatura deforme. De alguna manera sobrevive la sensación de que se tiene la culpa. De que Dios se ha ensañado con uno por razones justas.

Hasta el momento no había dicho nada que yo no conociera. Para escribir “Las seis reencarnaciones” había tenido que estudiar el tema, incluso el del suicidio. Sin embargo, por primera vez conocía a alguien que afirmaba recordar sus vidas anteriores. Por supuesto que no le creía, tú me entiendes, era más bien su capacidad de urdir mentiras lo que me fascinaba. Su mal hábito es en literatura una cualidad inestimable.

-Asistía a la escuela para niños excepcionales. Ofrecían rehabilitación y algunas manualidades. Lectura, escritura, preparación general. Mamá, es decir, mi hermana, vigilaba mi regreso desde el portón de la casa. Papá era un hombre joven, bien parecido, al que ocasionalmente veía pasar frente a la casa o pararse en una esquina. No habíamos hablado nunca. Un día se decidió a cambiar de acera y provocar el encuentro. Nos seguimos viendo.

-¿Fue un buen padre para usted? –preguntó alguien desde el fondo.

-Bueno, en realidad oscilaba entre hacerse el padre conmigo y comportarse como un amigo no demasiado íntimo que ha asumido cierto tipo de responsabilidades. Cuando me reveló que era mi padre hablé con mamá. El quería intervenir en mi vida. Argumentaba que para cuando ellos murieran yo debía estar en capacidad de sostenerme solo. Podría hacer trabajos sin salir de casa, le decía papá. Discutieron, pero él ganó.

-¿Qué profesión tiene, señor?

-Estudié contabilidad. He ganado buen dinero, se lo aseguro.

-¿Y todo eso sucedió en este mismo país, señor?

-Aquí mismo. Aún existe nuestra vieja casona. Después que recordé todo lo que les he dicho la visité varias veces. Está completamente tomada por la hierba. Dentro de tres meses podrá reclamarla el Estado. ¿Sabían ustedes que en este país se necesitan cincuenta años para que el Estado pueda expropiar un inmueble sin herederos? Yo tengo cuarenta y nueve. Cuarenta y nueve y fracción. Justo el año de diferencia que necesité para nacer de nuevo. Si digo más ustedes me tomarán por un farsante.

La brusca transición nos regresó al Café. Le suplicamos que continuara, asegurándole con sutileza que estábamos dispuestos a soportar cualquier exageración de su parte. Cualquiera.

Se rió. Nos miró medio de lado. Encendió un tabaco sin filtro. La llama sobre el rostro lo hizo parecerse a un estereotipado lobo de mar, con la pipa gastada deformándole los labios. Dejé la pregunta sobre una posible encarnación suya como marino para después. Ningún fabulador dejaría escapar la oportunidad de improvisar una historia de aventuras, pensé. Por primera vez me fijé en sus ropas. No ocultaban su olor a trapo viejo, a orín de gotas caídas muchas veces sobre una prenda que no se lava a menudo. Detallé sus podridos dientes poco risueños. Sus cejas espesas. Su ojo derecho terrible cuando se inclinaba para mirar siempre del mismo lado. Un hombre envejecido por el alcohol prematuramente. Me atreví a preguntar:

-¿Y usted, el de siempre, quién es, de dónde viene?

Para alguien que decía venir de aquí y de allá, que daba como marco de referencia tantos lugares, tantas gentes y siempre los mismos amores, mi pregunta era correcta. ¿Quién era el que permanecía detrás de aquel supuesto peregrinar tan hábilmente defendido?

-Uno de mis nombres es Andrés –dijo sorbiéndose los dientes-, Andrés Cejudo, hijo de Carlos y de Ana.

Nunca hasta ese día la avaricia temática del escritor, siempre en busca de asuntos novedosos, frágil al asombro, me hizo sentirme tan ridículo. ¡El gran tejedor era un fraude! No tejía sus historias sino las mías, publicadas en un libro. ¡Reencarnaciones! Andrés, Carlos Cejudo, Ana.

Alabé su maña para inventar detalles y su capacidad histriónica de identificación con los personajes. Medité unos segundos cómo desenmascararlo. Farsante, me dije, ¡farsante!, ladrón de historias, ¡ladrón! Aún me asaltó una duda. Quizá todo lo dicho fuese cierto. ¿Había robado yo a él su vida, o él a mí las historias? Se recuperó de la sombra que lo estranguló unos minutos. Salivó y escupió en el suelo.

-Mi hermana y yo nos hemos amado mucho, ¿ve usted? Mucho. Pero esta vez todo fue distinto, vencimos.

Me miró de reojo. Alargó la pausa. Alguien le sirvió un trago. Le ofreció un cigarrillo. Otro, excesivamente sudado, solicitó un vaso de agua fría. Poco después pasó la noche por el cenit. El se fue antes que eso. Dijo que no quería tener que entrar de espaldas a su casa para que las ánimas nocturnas no lo siguieran en ella.

-Si te toma la medianoche en la calle, doctor -dijo, se tambaleaba-, cuando llegues a la puerta de tu mansión vuélvete y saluda a los espíritus, no sea que se te peguen al cuerpo y quieran entrar. Entra de espaldas. Eso enseñan las brujas.

Lo perdoné. Quizá, por el contrario, fui perdonado. Andrés Cejudo, el lector, era un buen personaje, un personaje en extinción, como el viejo lobo de mar. Le di un adiós literario.

N N N N N

Según me contó, antes de salir del Café del Puerto, Lázaro Resurrecto escribió un mensaje para sus compañeros. Lo entregó al barman y le pidió que lo leyera en voz alta 10 minutos después de que él se fuera. La servilleta en que lo escribió decía:

“La historia que nos contó ese hombre es falsa. Según estudié no se reencarna menos de tres veces, ni más de siete en el mismo sexo. Tampoco se llama Andrés Cejudo. Yo conocí al Andrés Cejudo verdadero.”

Le pregunté por qué había escrito la frase en vez de decirla.

-Era un especulador lleno de inventiva –contestó-, de subterfugios para no morir o para escapar del miedo de morir. No quise desautorizarlo de frente ni tener que dar mayores explicaciones. El viejo era un buen personaje.

Sin duda Lázaro también. ¡Es asombroso cómo alguien puede mentir tanto!

Justo antes de salir, ya en la puerta, lanzó sobre el sofá un hatillo de hojas manuscritas a las que precedía el mensaje siguiente:

“Esto que te dejo aquí será mi próxima reencarnación. La he visto. Adivina cuál de los personajes seré yo. Siempre unidos, Lázaro Resurrecto Fuentes.”

El texto se titulaba: “La isla de Caín y Abel”. Desarrugué las hojas y me senté a leer.




La isla de Caín y Abel

Amanecía. Abel, el rey, caminó una vez más hacia el balcón. A lo lejos, a su extrema derecha, las aves mortuorias se cernían también sobre el reino de Caín, con quien había hablado anoche por primera vez.

Perdidos ya los límites, que no eran otros ahora que un diámetro imaginario, entremezclados los reinos y las casuchillas desteñidas de madera y palma, los buitres negros planeaban sobre ambas ciudades que se extendían en gradiente cubriendo, como un solo animal grisáceo, toda la isla. Al final, a su izquierda, un peñón único, un cono verde, se levantaba enhiesto con los últimos árboles que había podido rescatar a la voracidad de los pobladores; el último verde temeroso que se elevaba hacia el cielo celeste y contra el mar.

Había mascullado su entrevista con Caín toda la noche, sin dormir, esperando el amanecer que apenas subía con el sol extrañamente rojo y los bordes de la aurora extrañamente negros de nubes y de buitres convocados anoche por ellos dos. Allí estaban, obedientes, viniendo en bandada sobre la isla, confundidos con los jirones oscuros de la aurora. Pronto empezaría la matanza.

N N N N N

Abel era un sobreviviente. Así llamaba el pueblo a los que lograban vivir tanto. Ciento veinticinco años atrás, cuando apenas tenía nueve, eran escasos los techos de palma que podía contar desde allí. Pero su padre había empezado la guerra de poblaciones contra los cainitas, la guerra de la reproducción, y éstos habían respondido en igual forma.

Las mujeres parieron aquí y allá año tras año, y sus hijas y las hijas de sus hijas también, año tras año, y desde hacía diez no había sitio para sembrar, allí, donde los abelinos; ni para pastorear ni cazar, allá, donde los cainitas. Ni madera, ni piedra, ni palma para construir más casas. Los territorios vírgenes se acabaron y el hambre tomó toda la isla. Entonces Abel se vio en la obligación de llamar y conversar con su enemigo.

Caín había entrado con su manto de pieles y su enorme estatura, el pelo y la barba entre negros y grises enmarcándole, como a un zorro, sus ojos terribles. El rostro de los comedores de carne, pensó Abel, porque así se lo habría dicho su padre, al oído, de estar allí.

-Padre, ¿cómo son los cainitas? -había preguntado más de una vez- Son malos, matan para comer, matan siempre -había respondido Abel, su padre. –Hace mucho, mucho tiempo, querido -le contó Abel, su abuelo- el primer Caín golpeó al primer Abel con una quijada de burro que días atrás se había comido. Luego lo dejó sobre una roca para que se lo llevaran los buitres. Desde entonces nuestros pueblos son enemigos.

Abuelo y padre decían que los cainitas eran grandes y fuertes, cubiertos con las pieles de los animales que mataban, de colmillos largos y dientes afilados, hechos para rasgar la carne que comían. Y entonces él, abelino pequeño, se tocaba sus dientes y comprobaba que eran planos y lisos porque comían verduras, cocos y frutas.

Por fin esa noche los había conocido. Se habían parado frente a frente, sin rozarse, sin ninguna señal de amistad ni cortesía entre ellos. Caín se hizo acompañar por una de sus hijas y Abel por uno de sus hijos.

Un olor a cuero de animal puesto a secar se hizo más fuerte en la habitación cuando entraron los cainitas. Era el mismo olor que ocho años atrás entró por la ventana el día que por primera vez alguien asesinó a una mujer para comérsela. Era el mismo olor que ahora impregnaba toda la isla. Antes de eso la brisa traía aromas de perfume porque las hierbas entre los abelinos constituían su poder y su secreto.

Por eso habían conversado. Allí, en aquel salón donde, rota el alba, veía ahora la bandada convocada por ellos cernirse sobre ambas ciudades. Con dos de sus hijos como testigos, sentados a un metro escaso de las paredes, unos frente a otros, sobre cojines de viejo algodón reciclado y sin tintura porque las hierbas para hilar y teñir hacía mucho habían desaparecido, habían recordado la historia de la isla, y se habían referido uno al otro, parcamente, los acontecimientos mayores.

Los hijos escucharon las verdades que algún día ellos mismos contarían:

Que los reyes tienen poder sobre el destino de sus pueblos exactamente como si los pueblos les pertenecieran. Por ello lo único que correspondía ahora era ordenar una matanza. Al menos de la mitad de la población. Y salar, para guardar, mientras se renovaban los sembradíos en las tierras recuperadas, la carne de los muertos que se pudiera, y lo demás, al mar.

Que había que demoler las casas de los alrededores, dijeron, y ampliar terrenos desde la periferia. Guardar la piedra, la madera y la caña así obtenida bajo techo, para futuras construcciones. Después sembrar. Comida y árboles. Y ordenar la limpieza del río de la basura y del río que lleva el agua limpia a las poblaciones. Ordenaron y planificaron, y por último proyectaron futuras reuniones. Porque podían ser enemigos, dos reyes y dos pueblos, pero algunas cosas, como el hambre y los ríos, tenían que ver con toda la isla.

N N N N N

Vivió en palacio siempre, con sus trescientos hermanos. De niños jugaban con pelotas de algodón y de palma en festivales que duraban varios días. Entonces aún se sembraban los amplios valles y las colinas casi hasta la orilla del mar, y la orden divina que se cumplía era procrear, porque aún se buscaba poblar la isla y tener más soldados y más sembradores que los cainitas que poblaban occidente.

Oponiéndose a la iglesia, y entre sus primeros mandatos, él había eliminado las festividades en las que las mujeres pedían a los dioses quedar embarazadas y donde se les permitía ser tomadas hasta por cinco hombres para asegurar la preñez. Pero su medida había llegado demasiado tarde. Desde que recordaba, la población se había duplicado, y otra vez duplicado. Los cainitas, por su parte, temerosos de disponer de menos soldados, también habían hecho parir con embrujos a sus mujeres año tras año. Y Caín, el rey, no había querido frenar los nacimientos porque temía a los dioses.

Así, pues, desde hacía diez años la isla reventaba de basura, de ríos secos y de tierra arrasada. Nada producía, ni el ganado de Caín, ni los sembradíos de Abel, porque la sequía no produce. El agua es la Madre, enseñaron siempre las nodrizas; las aguas son las Madres, enseñaron siempre las parteras que traían a los niños entre charcos de agua y sangre.

Si fuesen dioses, Caín y Abel habrían ordenado enfermedades y pestilencias para diezmar la población de la isla, de aquella redondez que flotaba solitaria y aislada en aquella inmensidad celeste. Pero eran hombres, y sólo podían ordenar una matanza. Ni siquiera una guerra, porque las guerras sólo se llevan a los más jóvenes. Una matanza. Eso habían ordenado.

Abel se alejó de la ventana. La aurora, negra y maloliente, intentaba levantarse sobre los techos de palma.

N N N N N

Demetrio el Consolador, el que alguna vez aconsejara al rey Abel cuando éste aún no lo era. Al que buscó para conversar cuando era apenas un cuarentón temeroso y acababa de descubrir que algún día habría de morir porque había visto en los espejos del agua sus primeras arrugas y sus primeras canas. Cuando vio morir a sus padres y el apagarse irremediable de lo que alguna vez fue fuerte y hermoso.

Demetrio el Consolador se asomó al boquerón de su cueva y miró hacia el valle. Abajo, la ciudad había sido tomada por los buitres. La muerte planeaba sobre la isla.

Miró de nuevo. A pesar de la hora el cielo estaba oscuro. Como si la noche se hubiera detenido y frenara el alba. Dominó el miedo. Un consolador profesional como él no debía permitirse el temor más viejo de los hombres: hacia dónde nos llevan los buitres. Si debía permanecer impasible ante las historias que a todo consolador le cuentan, convertido en un espejo inexpresivo donde el enfermo hablador ve rebotar una a una sus quejas, esa misma técnica, pensó, debía aplicarla a sí mismo ahora.

Imaginó que a una bandada tan grande le sería fácil detectar su cueva. Pidió ayuda a su mujer y juntos movieron el grueso tablón de la entrada. Adentro contó las velas y la comida, y supo, contándolas, que en dos semanas, a lo sumo, estarían allí los buitres.

N N N N N

Abel el rey miró de nuevo hacia su izquierda. En el peñón del sur la cueva de Demetrio el Consolador había sido cerrada. Sonrió. ¡Que tengas suerte, pensó!

Recordó las dieciséis veces que lo había visitado. Tenía entonces treinta y nueve años y su padre cinco de estar en cama. Durante tres meses, noche a noche hizo guardia para espantar personalmente a los buitres que en la madrugada, cuando su padre volvía del mundo de los sueños y la luna se ocultaba en el horizonte como una barcaza blanca que lo hubiese llevado y traído, intentaban llevárselo. Cuando por fin dos de aquellas aves mortuorias se lo llevaron el nuevo rey había aprendido a dominar el miedo.

-Yo puedo hablarte de un Dios –había dicho Demetrio para consolarlo-, pero no es a mí a quien corresponde hacerlo. Llama a alguno de los fundadores religiosos, aún quedan algunos vivos en la isla. Yo sólo puedo decirte que los buitres están allí, y que no los imaginas. Que ser llevado por ellos es la condición natural del hombre. A lo sumo puedo aconsejarte lo que nuestros padres: que no haya carne en tu mesa para que el olor de la mortandad no los atraiga; que tus ventanas permitan el aire puro, y que subas y bajes montes, porque los cuerpos fuertes parecen alejarlos. Pero nunca podrás evitarlos del todo. Sólo retrasar la fecha.

Cuando Abel fue rey envió por Yosú, el creador de la religión más difundida. “Predícame”, le dijo.

-Yo enseño poco, señor -le dijo- Yo enseño que los buitres llevan a los hombres a otra isla no muy lejos de aquí.

-No existen otras islas, Yosú -respondió él- Nuestros padres y nosotros mismos lo hemos investigado. Hay sólo mar e inmensidad rodeándonos. Nuestra isla flota sola. No hay otro lugar a donde irse.

-A mí me fue revelado.

-No mientas. A mí me puedes decir la verdad.

-Me fue revelado, señor. Es lo que debo decir a los hombres, y tú eres hombre.

-Te mandaré a azotar.

-Agradecerás que yo esté dispuesto a morir por esta verdad.

Abel lo mandó colgar de una madero hasta que se lo llevaron los buitres. El reverendo Konticú fue más sincero con él. Con diez azotes le confesó que, viendo las ricas ofrendas que los pobladores llevaban a Yosú, había decidido inventarse su propia fábula: los niños que nacían en la isla eran los mismos hombres que habían muerto en ella; los buitres llevaban a los difuntos al mundo de los sueños para que desde allí pudieran ingresar en los vientres de las mujeres de nuevo.

-Te lo has, pues, inventado.

-No lo sé, señor. Es lo que se me ha ocurrido comiendo kumi-kumi y ayunando.

-No te lo han dicho, pues, los dioses.

-No lo sé, señor. He buscado una idea para predicar, y esa es la que he encontrado.

-Y estás dispuesto a morir por ella...

-No, señor. Si quieres que diga otra cosa la diré. Pero te recuerdo tus dieciséis conversaciones con Demetrio el Consolador. Ni los reyes están exentos del temor a la muerte. ¿Qué mal hago yo, entonces, viviendo bien y confortando a los hombres?

-A mí no me has confortado. Vete de aquí antes de que te mande colgar.

N N N N N

Se alejó de la ventana. La aurora no avanzaba. El fuerte olor de Caín aún se sentía en la habitación. Olor a muerte diaria que impregnaba las casas de todos desde que aprendieron a comer carne humana. Nadie sabe de dónde provienen los cadáveres. Nadie pregunta. Cada casa tiene su proveedor, cada cocina. Hace dos semanas llegó carne por primera vez a la mesa del rey y desde hace dos semanas el rey no come.

Se volvió de espaldas. Escuchó la voz del relator en el pasillo. Había empezado temprano. Se asomó a la puerta. Dos de sus hijos, recién levantados, lo oían atentos tirados sobre almohadones.

-¡No es hora de cuentos! -casi gritó a los niños- Vamos, vuelvan a su habitación. Y tú, apaga esa boca, no quiero ni un solo ruido cerca de mí. Descansa por hoy. Cállate. Descansa.

El relator cerró la boca. Le dolían las mandíbulas y tenía rasposa la garganta. Los niños del palacio lo obligaban a hablar todo el día, y ahora, con el hambre, le costaba mantener la atención y el volumen adecuado. Hablar, decir, imaginar historias entretenidas, siempre las mismas con otros nombres, gesticulando hoy más que ayer para que nadie se aburra.

A veces, mientras habla, nadie está presente o, distraídos en otra cosa, nadie lo atiende, pero igual se lo obliga a hablar para apagar el silencio, o las voces interiores del silencio, como un murmullo rodante por la casa que se les hace necesario.

¿Por qué lo hacen?, se pregunta. Tal vez para no pensar a solas. O para evitar los desgarramientos que a veces trae consigo conversar. Para no tener que decir me gustas, te gusto, que suerte estar en tu vida y tú en la mía, préstame tu compañía, se está bien aquí contigo... Prefieren su fría voz sin compromiso, puesta allí sin demandar el humano gesto de la cortesía y de las atenciones, hablando para todos y para nadie, un sonido de fondo sin reacciones o exigencias, como el río contra las grandes piedras o como el mar.

Se sentó en el piso, recostó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Se dijo que era afortunado al contar cuentos en palacio y no afuera en el poblado. No porque los relatores no ganasen bien incluso ahora cuando las historias favoritas eran los mismos sucesos que se suscitaban en la isla, sino por tantas muertes crueles e injustas, por tanta voluntad de mal que había en la mente de todos.

Recordó los tiempos en que las historias para contar eran siempre heroicas. Cuando las escuelas de relatores enseñaban a utilizar las narraciones para educar a los pobladores, especialmente a los jóvenes. Les daban una lista de héroes a escoger que era como decir una lista de virtudes. La hombría de bien, la prudencia, la lealtad, el amor fraternal. Las favoritas eran las historias de amor. La gente pagaba generosamente en las plazas por escuchar. Ahora los más ricos tienen relatores en sus casas. Y el rey varios. Entre ellos él, desde hace quince años.

Abrió los ojos un instante y los volvió a cerrar. Podía estar callado un rato más.

¡Relator! ¡Cuánta dignidad encerraba la palabra cuando él apenas aprendía! Ahora era distinto. Los contadores de cuentos competían entre sí con asuntos vulgares y violentos y era como si la sangre, probada ya hasta la saciedad por casi todos, los obligara a repetir una y otra vez los latigazos de las emociones intensas. Los héroes ya no eran estimados ni el resplandor de sus acciones invitaba a imitarlos. Ahora había ídolos. Uno por semana, tal vez. Algunos relatores se sangraban ante su público que gritaba feliz, enardecido. Ya no había nada que inventar. Bastaba con narrar lo ocurrido en la ciudad el día anterior o en la noche. Decir el número de muertes y cómo habían ocurrido. Qué mujeres y qué niños habían sido asesinados o violados. La mayoría de las mujeres se negaba al lecho. Esa era la causa de los asesinatos, decían algunos. Otros, que comer carne tenía a todos violentos, que habían aprendido a matar y ahora nadie lograba detenerse. ¿Cómo no comer, y carne humana que fuera, si los dolores de vientre al cabo de los días eran absolutamente insoportables?

Lo peor eran las bandas de jovenzuelos. Al caer la tarde se levantaban de su larga sesión de relatos y, alta la noche, recorrían el pueblo dedicados a robar, violar y asesinar. Competían en crueldad como otrora compitieron en virtudes. Los buitres los seguían, seguros de la carroña que dejarían a su paso. Gozaban el placer de convocarlos a su antojo. Aunque no hubiera en ello nada heroico ni realizarlo les demandara grandes hazañas ni la nobleza de ningún sacrificio, convocar la muerte a voluntad los hacía sentirse poderosos. Droga de sangre que los embriagaba. Pobreza de la sensación que sólo el golpe de lo terrible resucita.

El relator se puso de pie. Sería mejor descansar en su habitación. El rey había ordenado silencio para todo el día.

-Espera –dijo el rey- Quiero hablarte.

-Ordene usted, señor.

-No quiero ninguna de tus historias. Háblame de lo que se dice en la isla.

-¿Noticias, señor?

-Dime lo que aún somos.

-A las mujeres paridas se les secaron los pechos. A las vacas también. Siguen secas las aguas de los ríos. Las nubes con lluvia pasan y no se detienen a desaguar sobre la isla. Algunos dicen que porque los árboles preñaban las nubes y que el peñón verde que queda no alcanza. También hay quienes creen que los árboles no sirven para nada. Las mujeres seguidoras del reverendo Konticú que creen que la preñez llega en los sueños no quieren dormir por temor a quedar embarazadas. Se pasean en las noches por la playa mojándose los pies para mantenerse despiertas. Las que saben que es el lecho del varón el que las embaraza duermen solas. Las escuelas están cerradas. Hay piedra tiza pero no palma para dibujar o para escribir. La memoria de las cosas de colores se ha perdido. No hay flores. Ni pájaros. Ni frutas. Ni mariposas. Tampoco tintura de colores para dibujarlas en las paredes y recordarlas. Hace mucho también nos abandonó el amor. Nadie se ama. Se temen. Sólo sobrevivir y comer cuenta. El más fuerte mata al más débil. El padre joven mata y come al hijo niño, y el hijo joven mata y come al padre viejo. Todos temen dormir porque el que vela al lado es su potencial asesino. El montículo de la basura cubre por el Norte la vista al mar. Las medidas de arrojarla al mar dieron medianos resultados, porque se afectó la pesca. Los buitres del hambre son más este año. Las filas para recoger agua llegaban ayer hasta el Roble Muerto. El río de la suciedad no corre y su cañón se ha convertido en un nuevo basurero porque seco el río ya no la lleva al mar. El río limpio también está seco. La mitad de los pobladores viven y duermen a cielo abierto. La mayoría se queja porque su majestad sigue sin autorizar que se tale el pequeño bosque del peñón. Dicen que no tienen otra cosa para construir y que los buitres viviendo al descampado se los llevan más fácilmente. Otros opinan que se debería sembrar árboles a la orilla de los dos ríos porque han comprobado múltiples veces que un poco de agua se seca más fácilmente al sol que a la sombra. Pero ahora es inútil sembrar porque no hay lluvia. Ayer fue visto un...

-Está bien –interrumpió Abel- Vete a tu cuarto.

N N N N N

El relator se apuró a retirarse. El rey está preocupado hoy por algo distinto, pensó. Algo más serio que la tragedia cotidiana. Se deslizó por los corredores oscuros. No había leña, ni algodón, ni oro negro para encender luces. Se encerró en su habitación. El fantasma de su madre permanecía sentado sobre su lecho, exactamente en el lugar donde lo había dejado al salir. Se acostó en un extremo de la cama para no molestarlo.

-No tienes que fingir conmigo –dijo su madre- Sé lo que te sucede. Tus historias ya no entretienen. Terminarás loco, como tu padre. Te anuncio de paso que morirá hoy. Está subiendo el cúmulo de basura en busca de los buitres.

El relator no se movió. Su padre estaba loco desde hacía seis años. Estaría mejor donde quiera que lo llevaran los buitres. Menos allí donde ya no había lugar para la poesía. ¡Su padre! El poeta. El cantor del que la leyenda decía que una vez, a pura voz, había hecho volar un pájaro de arcilla. Tenía sólo doce años. Desde entonces el pueblo lo escuchaba en las plazas.

Una única vez cantó ante el rey. Y se dice que esparció tres perfumes distintos en la habitación con sólo nombrarlos. Y que muchos escucharon el fluir de cascadas cuando las mencionó, fáciles de recordar aún porque aún existían. El viejo rey no quiso dejarlo en palacio como su relator personal para no quitarle al pueblo su poesía.

A los cincuenta enloqueció. Cuando se secaron los ríos y fueron amarillas y no azules ni verdes las montañas, y ya no fueron los árboles, y ya no hubo qué decir ni qué cantar porque había muerto toda belleza, y lo que nombraba ya no tenía poder porque las cosas que decía ya no eran. Entonces no durmió más. Se sentaba en las noches sobre una roca a cantarle a la luna. Sus gemidos estremecían la isla, como si el viento y la brisa le ayudaran a llevar sus quejas.

Y es que desde muy joven dejó de tener sólo su alma. Algo se le quebró por dentro y tuvo el alma de todos. Así, el placer de las multitudes era escucharle decir sus propios pensamientos, y las cosas del cuerpo y del alma que a todos acontecían.

A veces se le iba el día en nombrar: monte, isla, caracol, palma. ¡Cómo se regodeaba con aquellas dulces palabras! Hasta que enloqueció y se fue a vivir entre los basureros.

El fantasma de su madre lo interrumpió y le mostró al loco. El relator se sentó sobre una manta y miró. Su padre subía desnudo la montaña de los desperdicios. Su cuerpo extremadamente flaco, mustio, la pancilla inflada de podredumbre, los escasos pelos grises cayéndole en una débil mata sobre la nuca y desde la barba. El relator sintió los ojos llenarse de lágrimas. Se los limpió con el dorso de la mano para seguir mirando.

Los comedores de basura pensaban que el viejo subía hoy el enorme botadero de manera distinta. “El loco está raro hoy”, parecían decir con la rigidez de sus posturas inmóviles. Quizás el amanecer que se insinuaba apenas, sin amanecer del todo, y aquella convocatoria de buitres fuera por eso... Acaso fuera por su muerte y fuera a él a quien habían venido a buscar las bandadas inmensas... Ya se sabe que los poetas cuando mueren hacen descender cortejos de los cielos... Pues son como los santos, todo se conmueve cuando se van...

Claros llegaban hasta el relator los pensamientos desde el neblinoso canal de su madre.

En la cúspide del montículo gigantesco el viejo poeta loco se acostó boca arriba con los brazos abiertos en una cruz perfecta. Se le pegaba al cuerpo aquella última basura pobre y esmirriada que lanzaban, muy poco, casi nada, los pobladores luego de masticar o de hervir una y otra vez la sopa de sus desperdicios .

El relator vio al primer buitre desprenderse de la bandada y caer vertical sobre el entumecido pecho de su padre. Lo vio urgar empeñoso hasta encontrar el corazón y luego, con la uñas clavadas en aquel tronco miserable, levantar la cabeza mostrando ensangrentado su trofeo minúsculo. Se tapó la boca. ¡Cuán poco quedaba de tu corazón, papá, cuán poco! -le dijo-. De los ojos, como una lágrima, se le escapó el grito.

N N N N N

El rey se quedó solo. Con muy poco esfuerzo sintió temblar aún, en el aire apestoso, las razones invocadas por él y por Caín para justificar la matanza. Miró hacia el balcón, impaciente.

Recordó como había mirado a Caín cuando cruzó la puerta y cómo lo había mirado él. Como dos enemigos a quienes las circunstancias obligan a hacer un alto en sus odios aunque el odio se les hubiera vuelto frío por la costumbre. Lo contrario del amor, se dijo, que cada vez se hace más hambriento de caricias y más se hacen necesarios uno al otro los amantes conforme pasa el tiempo.

Caín había mirado a Abel sin emitir emociones ni pensamientos. Estudiándolo. Abel era fuerte sí, tanto o más que él. No un debilucho afeminado como lo describía, sin conocerlo, su padre. Era más bien hermoso. El cabello y la barba limpia y suave. Y, a pesar de las circunstancias, perfumado. Ciertamente no parecía terrible. Pero sí fuerte. La hija de Caín parecía una hermosa loba. El hijo de Abel un joven macho cabrío.

-Siéntate ahí -gruñó Caín- y ella se sentó donde dijo.

Abel el joven buscó el extremo opuesto, mudo. Ella quedó a su altura, enfrente. Después empezó la conversación y al final, pálidos y sombríos, Caín y Abel acordaron ordenar a sus generales reducir a la mitad los pobladores. Pasada la medianoche, ya la luna baja en el horizonte, Caín y su hija abandonaron el palacio. Abel hizo llamar a sus generales. Después la noche siguió, lenta, negra.

Abel se levantó una vez más esperando la aurora. Ocupó el centro del balcón y se aferró a la baranda. La bandada negra había descendido, al fin, sobre las ciudades y cubría como un manto de ceniza la isla. Arriba el cielo, despejado, blanco y rosa. Se tapó los oídos para no escuchar. Había empezado la matanza.

Un pensamiento insólito llegó aún a la cabeza del rey: Tal vez la chispa de amor que vio en los juveniles ojos del hijo de Caín cruzarse con los dorados ojos de su propia hija, señalara para la Isla, en el porvenir, una nueva esperanza.

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